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De entre todas las historias de amor (y han sido muchas) que el cine nos ha ofrecido, “Breve Encuentro “es algo así como la joya de la corona, la fuente de la que muchas otras películas, como el “Lost In Translation” de Sofía Coppola, han bebido después. Incluso Billy Wilder parodió cómicamente el uso de la dramática y efusiva música de piano de Rachmaninov (tan bien utilizada en la película a pesar de su grandilocuente intensidad tantas veces parodiada) en “La Tentación vive arriba”. Es más, el director vienés confesó en alguna ocasión que su “Apartamento” surgió gracias al aprovechamiento de un personaje muy secundario de esta película, el amigo del protagonista que le presta su apartamento para la furtiva cita amorosa con la protagonista.

La película de David Lean cambió muchas cosas, empezando por su carrera, que no había destacado demasiado hasta que llegó esta película .No podemos olvidar que fue él el primer director británico nominado a un Oscar por esta película, o que la misma ganó el premio gordo del primer Festival de Cannes. También cambió el concepto que el público de entonces tenía acerca de una historia de amor cinematográfica, ya que ni Celia Johnson ni Trevor Howard eran glamourosos o grandes estrellas, ni las expresionistas y melancólicas estaciones inglesas mojadas por la lluvia el escenario idílico por el que se habían paseado otros amores de Hollywood. Esa naturalidad inglesa es una de las muchísimas virtudes de una película cuyo pulso oscila entre el retrato costumbrista de la culpa y el amor más melancólico y fugaz.

Narrada en flashback y con la omnipresente voz en off de la protagonista como monólogo interior y declaración ficticia e imposible de su amorío ante su propio marido, “Breve encuentro” narra la historia de un amor casual entre dos personas maduras que viven en una Inglaterra aún represiva e inhibitoria de los sentimientos. Esto se resalta en el filme con la aparición de variados personajes: la chismosa camarera de la estación con sus coqueteos hacia el guarda o la insoportablemente elocuente amiga de Celia Johnson que estropea el último encuentro de los dos amantes. Justamente en ese momento se produce el inicio del film y para constatar la habilidad narrativa de Lean no hace falta más que fijarse en que cuando el desenlace del film está a punto de llegar, el flashback finaliza y esa secuencia se repite, el director no vuelve a hacerlo con los mismos planos sino desde el punto de vista de la sufrida protagonista. Y qué sufrida es la pobre Celia Johnson en el que es uno de los más amargos retratos de una mujer casada de mediana edad que cualquier tipo de manifestación artística nos haya dado jamás. La prueba más evidente de que una historia como la de esta película no podría tener ningún tipo de analogía en el cine actual no la da solo su magnífico guión ni sus estupendos actores y decorados de los años 40, sino en cómo se conocen los protagonistas : en una estación de tren (símbolo de las oportunidades perdidas en el cine de Lean ) cuando a ella se le mete una tizna de carboncillo en el ojo . Los trenes de hoy no dan esa posibilidad romántica como tampoco puede que den lugar a los misterios y los dobles sentidos que Hitchcock les otorgó en muchas de sus películas. Hábil también (y poco cursi o amerengado) es la forma en la que entran en contacto el uno con la otra de manera más personal: compartiendo el mismo sentido del humor y burlándose de la pianista del café o de la hiperbólica e impostada película que ven en el cine. (“Llamas de pasión”,¿intento de Lean de ridiculizar los amores poco honestos y reales que la gran pantalla dejaba ver en aquellos días?).También muy bueno el pretexto para utilizar la dramática música de Rachmaninov: haciendo que Celia Johnson la esté oyendo mientras imagina cómo cuenta la verdad de sus sentimientos a su marido.

Por supuesto que no sólo es grande el guión de Breve encuentro, sino la puesta en escena. Lean nunca se dejó llevar por florituras vacías de contenido y prefirió ser un director más clásico ,contar una historia en imágenes siempre en función de la narrativa. Esto no tiene por qué chocar con la consecución de planos expresivos y en esta película los hay ,y muy buenos: el beso furtivo y envuelto en sombras en el subterráneo de la estación, el reloj que roba tiempo a los amantes en primer término del encuadre cuando Celia Johnson pasa por debajo o la imagen ladeada de su primer plano cuando sale a ver como se aleja el tren del hombre al que no verá jamás. Algunos planos no dejan de ser bastante simbolistas : el sombrero del marido en primer término cuando ella llega a casa tras la cita con el amante, el plano picado con la estatua que parece contemplar su “pecado “ mientras pasea por las moribundas calles o el trávelling que la sigue desde atrás mientras corre despavorida y temerosa de ser descubierta en su adulterio( como si los propios espectadores fuesen la sociedad represora que jamás va a permitir que la felicidad de los protagonistas llegue a buen término).

“Breve encuentro “sigue estando de actualidad. Siguen existiendo amantes que se esconden en la noche a pesar de que vivimos, afortunadamente, en una sociedad más permisiva. También sigue existiendo ese inexplicable sentimiento por algunos extraños que nos lleva a cometer felices y arriesgadas locuras en nombre del mismo. Siguen existiendo esos desgarrados e impostados abrazos a los maridos, como aquel que tan tristemente cierra esta película. Si todas esas cosas existiesen solo en esta expresionista ( que maravilla de fotografía con claroscuros ,por cierto) y hermosa película de trenes de vapor, estaciones en penumbra y amores que se hacen imposibles a los ojos de un cruel e hipócrita orden moral , pena de mundo cínico e insensible en el que viviríamos…¿O vivimos? ¿Es el público de hoy demasiado infantil y cínico para contemplar la historia de un adulterio maduro como el de “Breve Encuentro”? Ojalá que no, y ojalá que al amor de cualquier clase le sigan quedando muchas centurias y milenios de vida.