LOS MEJORES EFECTOS ESPECIALES (Crítica de "El Increíble Hombre Menguante", Jack Arnold, 1957)

Hollywood años 50. Toda América, en plena Guerra Fría con la Unión Soviética, vive bajo la paranoia de los experimentos nucleares y la bomba atómica. Hollywood se hace eco de este contexto y fabrica innumerables producciones de serie B en las que la ciencia ficción siempre incluye en sus argumentos ciertas gotas de radiactividad y referencias a este conflicto.

En esta coyuntura es en la que nace “El Increíble Hombre Menguante”, la mejor película del especialista en efectos especiales Jack Arnold. La Universal le había echado el ojo a la novela del mismo título de Richard Matheson y éste solo pidió como condición para la adaptación ser él mismo el adaptador. Así, Matheson humaniza su historia hasta extremos increíbles, haciendo filosofía y seriedad de lo que podría haber resultado cómico; la historia de un hombre que tras ver como pasaba ante él una nube radiactiva empieza a menguar de forma preocupante, sin que los médicos sepan qué le pasa, hasta convertirse en un ser diminuto que correrá los peligros más rocambolescos.

Para empezar, la voz en off contando la historia le añade una carga de profundidad que casa bien con un desenlace metafísico y existencialista. La película contiene además una progresión dramática envidiable en la que la caída de un simple anillo de bodas debido a la disminución de tamaño del protagonista se convierte en metáfora del desastre en el que se convertirá la pareja (con amante enana incluída para sorpresa de una América, la de los 50, poco permisiva con el adulterio) En esa primera mitad de la película el tema de los médicos y del fenómeno mediático en el que se ha convertido el hombre menguante se tratan con tal seriedad que el espectador no puede despegar la mirada de la pantalla. Pero es en la segunda mitad, con el protagonista perdido en su propio sótano de perfecta casa de suburbio americano (idilica imagen de los 50 a la que se le da la vuelta) cuando comienza toda una aventura por sobrevivir con los que, a mi juicio, son los mejores efectos especiales de la historia del cine.

Jugando con los planos subjetivos del protagonista, con miniaturas que no lo parece, con planos generales que parecen planos detalle y viceversa, Jack Arnold consigue contagiarnos de la claustrofobia del protagonista a base de bien. El gato y la araña que se convierten en seres monstruosos son reales, y eso añade más pavor y realismo a las escenas que comparten con el hombrecillo. Jamás se nota ninguna transparencia, y todas y cada una de las escenas son perfectamente creíbles y más asombrosas que lo que pueda crear cualquier ordenador de 2007. Además, el ritmo es perfecto y la tensión está magnificada, haciendo de la película una de las pocas de este tipo que no han envejecido en absoluto pese a su medio siglo de existencia. El único pero que se le podría poner a “El Increíble Hombre Menguante” es el anuncio de un remake para 2008 protagonizado por el cargante e histriónico Eddie Murphy (este señor tiene el mérito de provocar zapping compulsivo cada vez que lo veo aparecer en televisión). Ese remake nos demuestra que hay maravillas como esta película que se deberían proteger de las infamias provocadas por las nuevas versiones.

VALORACIÓN: