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Con esta frase finalizaba una de las películas más emblemáticas de la década de los 80, justa ganadora de 8 Oscars y la impulsora de que en esa década tan genuínamente moderna la música clásica cobrase un protagonismo inusitado entre toda clase de públicos. También es la obra de un autor cinematográfico despreciado en innumerables ocasiones debido a una falta de rasgos comunes en sus mejores obras. Una película ésta, que causó no poca polémica acerca de tergiversar un personaje tan universal y mítico como Mozart. No se daban cuenta los detractores que esta es la visión de la némesis del músico: Salieri, el hombre que no puede dejar de admirar a su enemigo a pesar de que le corroe la envidia.

El montaje paralelo que inicia la película ya nos da una idea de lo que veremos a continuación: un anciano Salieri acaba de intentar suicidarse acusándose a sí mismo de haber matado a Mozart. Mientras él es llevado al hospital, otros planos nos muestran un baile de gala en el que suena la música del otro. Esa es la dura verdad que aprenderá el espectador mediante flashbacks acompañados de la narración de Salieri: mientras su música ha caducado, la de Mozart sigue sonando. Salieri nunca podrá entender cómo, a pesar de sus intentos de sabotearlo por todos los medios (criticándolo ante el emperador de Austria, intentando arruinar sus óperas o encargándole de forma anónima un requiem que lo llevará al lecho de muerte por fatiga) un pendenciero, alcohólico y de risa idiota como Mozart tiene lo que él tantas veces ha pedido a Dios: verdadero talento.

Muchos son los aspectos que destacan en esta maravilla cinematográfica. Superficialmente, es una de las recreaciones más fastuosas que se hayan hecho jamás del siglo XVIII: sus pelucas ridículas, pomposos vestidos y lujosas localizaciones europeas lucen mejor que nunca gracias a una sobresaliente fotografía y dirección artística. En aspectos menos epidérmicos la película cuenta, en primer lugar, con un montaje magistral que relaciona el final de cada secuencia con el plano inmediatamente posterior (tras serle comunicada a Mozart la muerte de su padre, éste se convierte en una figura metafórica de su ópera “Don Giovanni” en la siguiente secuencia) Muchos cinéfilos opinan que una película debe estar cargada de grandes momentos y, en ésta, se consiguen a base de la música del genio: la bronca de su suegra se convierte en la inspiración para la famosa aria de “La flauta mágica” gracias a que oímos la música en off mientras la anciana mujer no deja de soltar improperios a su yerno; al mismo tiempo que Mozart dicta su requiem a Salieri este no deja de sonar para el espectador y cuando Salieri comprueba que las partituras de su odiado enemigo no tienen ni un tachón, la música de las mismas va sonando al ritmo con el que el ofuscado músico pasa cada página.

Forman consigue, por tanto, una película de ritmo impecable a pesar de sus dos horas y media de duración a la que no es ajeno el tono de farsa cómica que va desembocando en drama mientras que por el camino ofrece grandes óperas y grandes diálogos que reflexionan sobre el poder del arte, la verdadera inspiración, el gusto de las masas, los celos profesionales o la inspiración divina. Todo ello estaba ya en la obra original de Peter Shaffer (él mismo fue el encargado de adaptar su obra al celuloide) y aquí se engrandece con las intepretaciones de F.Murray Abraham como Salieri (siempre estará encasillado en este personaje que le hizo ganar un Oscar) y Tom Hulce como Mozart en una polémica recreación calificada de histriónica por muchos.

¿Por qué unos tienen el talento a pesar de ser personas vulgares y otros carecen de el por más que se esfuercen?? ¿Es este un don divino o innato o puede ser fruto de la preparación más concienzuda??¿Somos capaces de envidiar a alguien que admiramos profundamente?? ¿Hasta qué límites nos puede llevar la envidia de no poder tener lo que otros tienen sin ningún tipo de esfuerzo? Pocas películas contestan a todas esas preguntas de forma tan divertida y genial como esta obra maestra acerca de uno de los 3 ó 4 personajes fundamentales de la historia universal: Wolfgang Amadeus Mozart.

VALORACIÓN:

Escena famosa en la que Mozart dicta su requiem a Salieri, un ejemplo de uno de los mejores usos de la música en la historia del cine.