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Querida señorita Taylor. A mis ojos llegaron hoy,  redes sociales mediante, la noticia de su muerte a los 79 años de edad. Como siempre que muere una estrella de cine de su calibre, hago un repaso mental de las imágenes de la misma que, desde la gran pantalla, se han mezclado con las alegrías y miserias de mi propia vida. Y no puedo evitar reconocer que mi primer recuerdo se debe a aquel infecto telefilme de los 90 en el que intentaban resumir su vida de joyas, innumerables matrimonios y enfermedades varias. Tampoco olvido la eterna anécdota que, muchas madrugadas, me contaba mi madre delante de un buen chocolate: cómo se había escapado siendo una niña para ir al cine a ver ‘Gigante’ , una de sus grandes películas, una y otra vez. Cuando me hice mayor (y no voy a decir cuándo creo que lo fui) comprendí que sus ojos violeta, carnosos labios y radiante belleza escondían algo más. Una noche de tantas me dispuse a ver ‘Un lugar en el sol’, aquella película en la que George Stevens contaba una historia de ascensión social y diferencia de clases. El uso de los primeros planos de su rostro y el de Montgomery Clift resultaron para mí una de las mejores expresiones del amor adolescente que jamás se hayan visto en una pantalla. No me extraña que todas las jóvenes que vieron la película en 1951 quisieran imitar el vestido que Edith Head, la mítica diseñadora de la Paramount, había diseñado para usted. También fueron muchas las navidades que pasé viendo ‘Mujercitas’ en su versión de 1949, aquella en la que usted era la estirada y presumida Amy March. Aunque sus fans jamás le perdonasen la peluca rubia, para mí fue la versión definitiva de ese personaje. Nunca me creí a  Kirsten Dunst repitiéndolo muchos años después al lado de Winona Ryder.
Sin embargo, mi gusto por la ‘divina’ Garbo y por otras damas de la escena como la Hepburn me impidió verla como una gran actriz. Al igual que los críticos de principios de los 50, me costó tomarla en serio entre tanto chisme acerca de sus dos matrimonios con Richard Burton, tantas joyas horteras y tanta foto de esa pareja encantadoramente freak que formó junto a su amigo Michael Jackson. Sin embargo, ¡cuál fue mi sorpresa al verla en ‘Gigante’ (George Stevens, 1956) y en ‘La gata sobre el tejado de zinc ‘ (Richard Brooks, 1958)!! En la primera, epopeya larguísima que ocupó mi tiempo varias tardes de verano, usted estaba reluciente y encarnaba como nadie la figura de la nueva mujer del siglo XX, esa que no se doblegaba  ante las machistas imposiciones de un fornido Rock Hudson. En la segunda, me identifiqué con sus ansiedades sexuales, inspiradas en la pluma de Tennessee Williams. Yo también habría enfermado de represión sexual, como un auténtico felino, teniendo como marido a ese gay reprimido que encarnaba un hercúleo Paul Newman; ese hombre que no quiere hacerme el amor. No olvide usted desde allá arriba que  Williams también le hizo el favor de escribir el texto de ‘De repente, el último verano’ (Joseph Leo Mankiewicz, 1959). ¿Se acuerda usted de su monólogo en primerísimo plano, cuando narra al resto de personajes y a los espectadores cómo fue la muerte de su primo en una playa española?. Esa escena, expresionista y retorcida donde las haya, constituyó uno de los más agradables traumas de mi adolescencia.
Sin embargo, también confieso que tuve ocasión de odiarla. Sí, señorita Taylor, tras mi admiración llegó el rechazo frontal y sin concesiones. Aquella tarde de Semana Santa en la que intenté sin éxito ver su ‘Cleopatra’ (Joseph Leo Mankiewicz, 1963) de un tirón sin éxito alguno fue el germen de esa antinpatía. Larga, teatral en el mal sentido de la palabra, la versión del director de ‘Eva al desnudo’ sobre la reina del Nilo, provocó en mí incontables bostezos. No me extraña que en su momento fuese un caro desastre para la Fox y un buen negocio para usted, que fue la primera actriz en cobrar un millón de dólares por semejante infortunio fílmico. Pero del amor al odio hay un paso, y me bastó verla como una esposa malhablaba y realista en ‘¿Quién teme a Virginia Wolf?’ (Mike Nichols, 1966) para volver a enamorarme de usted. En aquella película por la que le dieron su segundo Oscar dio vida a una esposa que se salía de los irreales clichés matrimoniales de Hollywood. Con ella también hacía que especímenes como yo nos identificásemos más con su figura. ¿Sabe por qué? Porque con ella se apuntó a la modernidad, en lugar de quedarse en el confortable paraíso perdido de un Hollywood irrecuperable. Supo adaptarse a los tiempos, ser solidaria cuando el término ni siquiera era popular, bautizar a Jacko como el ‘Rey del Pop’ y apoyar a su amigo Rock Hudson en su lucha contra el SIDA. Aquella lucha la convirtió en suya y con ella hizo más por el término ‘gay friendly’ que todas las canciones de Elton John o Barbra Streisand. Por eso, ni sus imitaciones en el programa ‘El informal’, ni las continuas bromas sobre el oropel que rodeaba su vida de vieja estrella decadente hicieron mella en mi admiración.
Sin embargo, hoy, día de su muerte, prefiero recordarla, más que como a una vieja gloria, como a una niña en su primer gran éxito fílmico. Prefiero pensarla como la joven ‘jockey’ de ‘Fuego de juventud’ (Clarence Brown, 1944) que soñaba con sus ojos violeta lo maravilloso que sería montar a caballo en una competición de carreras. Era maravillosa aquella niña que enamoró a una América en guerra y al mismísimo Louis B.Mayer, que la acabó contratando. Aquella pequeña que miraba hacia arriba, hacia una imposible utopía metaforizada en un cine maravillosamente irreal, es la que más me reconforta a la hora de pensar en una gran señora como usted y en un día como hoy, el día en el que me doy cuenta de que he perdido a una amiga a la que jamás llegaré a conocer.