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Se esperaba mucho del regreso de David Trueba tras las cámaras después de que su anterior cinta, Vivir es fácil con los ojos cerrados, ganara los Goya en 2014. Al borde de cumplir los 50 dirige Casi 40. Y posiblemente esos diez años de diferencia entre su edad y la de sus personajes explique bastantes cosas.

Para esta cinta reúne a los protagonistas de su primera película, La buena vida, es decir, Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, en un vano intento de hacer su propio Antes del amanecer-Antes del atardecer. Los ahora casi cuarentones interpretan a dos amigos de la infancia que en algún momento fueron algo más que eso y que ahora se reúnen porque él le ha conseguido a ella, cantante retirada, una pequeña gira por librerías de Extremadura y Castilla.

Pero pronto comprobamos que nada está a la altura de las expectativas porque Trueba espera que el espectador encuentre naturalidad donde solo hay impostura. Los personajes no son creíbles y tampoco llegan a interesar. Mantienen conversaciones banales con aires de reflexión seria. Trueba pone en sus bocas reivindicaciones difíciles de hacer para un casi cuarentón. No tiene sentido que estos dos personajes echen de menos los mapas mientras consultan Google Maps ni que añoren los periódicos de papel cuando su generación ya no los ha leído o el fax cuando a ellos ya les tocó el e-mail.

Ramallo y Jiménez tampoco son Ethan Hawke y Julie Delpy. Aunque funcionen en contadas secuencias, en general no son capaces de hacer que suenen auténticas algunas líneas de diálogo verdaderamente imposibles. Tampoco ayuda el empeño de Trueba de filmar en plano fijo a Lucía Jiménez cantando a la guitarra nada menos que cuatro canciones. La quinta canción ya no es la guitarra sino en el piano de cola de un bar de carretera (?).

Bastante más interesante resulta la película cubana Los buenos demonios, un proyecto que el director Gerardo Chijona heredó de su amigo Daniel Díaz Torres tras su muerte. La cinta retrata a un joven asesino de turistas que se esconde tras una fachada de hijo encantador que trata de sobrevivir en la Cuba en transición al capitalismo como taxista y transportista de género para una paladar.

Con buenas interpretaciones y una puesta en escena naturalista que refleja muy bien el estado decrépito de la ciudad de La Habana y sus habitantes, la película plantea cómo la apertura del régimen está afectando las vidas y las relaciones humanas en una sociedad en la que se han perdido los valores del trabajo, el respeto y el esfuerzo y es demasiado débil a la hora de dejar entrar los nuevos que incluyen la necesidad de conseguir dinero fácil. El final abierto de la película resulta una metáfora perfecta del futuro de Cuba.

La única representante de la importante cinematografía mexicana en esta edición del festival ha sido Los adioses, segundo largometraje de la directora Natalia Beristáin. Basada en la biografía de la poeta y diplomática chiapaneca Rosario Castellanos, una de las escritoras más importantes del siglo XX, la película se centra en los años en que estuvo casada con el profesor universitario Ricardo Guerra y en su lucha por crear y dar clases como manera de mantenerse fuerte e independiente en una época marcada por un machismo muy arraigado en la sociedad y, sobre todo, en su marido. En la película se intercalan flashbacks a su juventud como estudiante y de formación como literata que intentan explicar la relación que establece con Ricardo. Ya en la madurez, Rosario ve cómo su éxito como escritora crece y su marido, que le es infiel repetidas veces, intenta boicotearlo de mil formas hasta que la relación estalla en mil pedazos.

Y aunque el guion sea a veces una sucesión de frases del manual de la perfecta feminista, la preciosa fotografía de Dariela Ludlow, la poderosa interpretación de la protagonista Karina Gidi y el gran Daniel Giménez Cacho como Ricardo, y los poemas de Chayo Castellanos recitados en off aquí y allá hacen de esta una película necesaria en un país en el que queda mucho más que recorrer en el terreno de la lucha feminista, con escenas muy potentes en las que la tozudez del machismo intenta imponerse a la evolución de la mujer fuerte.

Sin embargo, Invisible se presenta como lo contrario. La segunda película del director argentino Pablo Giorgelli, después de Las acacias (presentada en en la Quincena de Realizadores de Cannes 2010, donde recibió algunos premios), es el retrato de la joven Ely, que tras la relación sexual que mantiene con un compañero de trabajo bastante mayor que ella y casado, descubre que se ha quedado embarazada. Durante todo el metraje vemos a Ely en su deseo de abortar, mientras nos presenta su dura vida familiar, con una madre en paro y sumida en una depresión y ella intentando estudiar a la vez que trabaja para llevar dinero a casa.

Invisible no es un retrato amable de Ely. Sin caer en la sordidez ni en el melodrama, el director nos va llevando por la vida de la joven en esos días para justificar su decisión de seguir adelante con el embarazo: es difícil abortar, es ilegal, hay que conseguir los medicamentos en el mercado negro, a las clínicas abortistas solo les interesa el dinero, el hombre que la deja embarazada le facilita todo, “las mujeres son felices si tienen un niño al lado”, “se me da bien cuidar de alguien (mira qué bien trato a esta perra y mira cómo me preocupo por mi madre)”, “puedo ser responsable”, “pues qué más da, voy a tener este bebé sin ayuda de nadie”. No plantea ningún debate sobre el aborto, sino que se posiciona directamente en contra. Para Giorgelli, Ely no tiene otra opción. Y si se ha quedado embarazada, es por su culpa, por ser tan irresponsable en su vida sexual.

Y hasta aquí ha llegado la sección oficial a concurso de este Málaga. Mañana a las 12 del mediodía se conocerá el palmarés oficial de esta edición, que por ahora tiene aire brasileño con la victoria de Benzinho en el Premio Feroz Puerta Oscura.

Fernando de Luis-Orueta / María Pérez