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La terna de finalistas a los Oscar elegida ayer debería convertirse en
motivo de reflexión para la Academia y, por ende, para la industria del
cine español. Ninguno de los tres títulos ha sido todavía estrenado a
nivel nacional y, lo que es más, tardarán en hacerlo: {ln:El orfanato} llegará a las salas el 11 de octubre; {ln:Las 13 rosas}, el 19 de ese mismo mes; y {ln:Luz de domingo}
nada menos que el 16 de noviembre. Sin embargo, las reglas de la
Academia de Hollywood establecen de forma taxativa que deben haberse
estrenado antes del 31 de septiembre.

Por supuesto, las tres habrán pasado por alguna sala de algún rincón de España para esa fecha y habrán permanecido una semana allí, como confirman desde la Academia. No es objetivo de este análisis criticar los esfuerzos de promoción del cine español, pero sí reclamar limpieza en los procesos electivos. Igual que el año pasado esta página web se implicó por defender la limpieza de la candidatura al Goya al mejor documental de La silla de Fernando, injustamente atacada por un columnista reaccionario, es tiempo ahora de dar un toque de atención.

No es, desde luego, la primera vez que se cuela entre las finalistas alguna película sin estrenar. No hay pucherazo ni motoristas. Tan sólo pases privados para los votantes de la Academia y capacidad de movilización por parte de sus directores y productores.

Tampoco es un caso de mal olfato: las tres finalistas tienen méritos y condiciones propias para jugar un buen papel en los Oscar. El orfanato tiene por delante una destacada carrera internacional que empezó en mayo con una extraordinaria acogida en el Festival de Cannes y que culminará en diciembre con un estreno en EE UU en el que se reivindicará como la sucesora de El laberinto del fauno, que obtuvo seis nominaciones a los Oscar.

Las 13 rosas es una superproducción para los parámetros españoles, algo siempre bien recibido en Hollywood. Su acción transcurre en los estertores de la Guerra Civil, probablemente el episodio histórico español más conocido en EE UU, aunque sólo sea por los escritos de Hemingway. Y, sobre todo, es un gran melodrama. Puede que sea una película convencional, pero es una buena película convencional.

Algo de todo eso tiene también Luz de domingo. Pero lo que tiene, ante todo, esta película es currículo: José Luis Garci tiene un oscar y conoce al dedillo los resortes de la industria de Hollywood.

Pero el problema de las fechas de estreno envuelve a esta lógica elección de una pátina de irregularidad poco aconsejable para una cinematografía que, cada vez más, es considerada como una de las más activas de Europa y, por qué no, del mundo. Pocos países pueden elegir entre tres películas con posibilidades reales para luchar por los Oscar.

Y aún hay algo más. El sistema de elección de la candidata a los Oscar en dos fases fue ideado por la Academia como una fórmula más de promocionar el cine español. Lucir durante dos semanas el letrero de “finalista a candidata a los Oscar” es, sin duda, un buen aliciente para llevar al público a las salas. Pero hete aquí que ninguna de las tres películas podrá hacerlo porque falta, como mínimo, un mes para su estreno. Cuando estén en los cines sólo una podrá utilizar el reclamo de “seleccionada para los Oscar” y las otras, más bien, tendrán que intentar borrar de la memoria que son las derrotadas.

Si la Academia con sus premios –esta selección y los propios Goya- quiere impulsar comercialmente el cine español, debería ajustar sus tiempos. Y, viceversa, si la industria quiere beneficiarse de la publicidad gratuita que supone ser candidata o finalista a un galardón, tendría que acomodar sus fechas de estreno a la celebración de los premios. No hay más que mirar, por ejemplo, lo que ocurrió el año pasado en los Goya: Volver, gran triunfadora de la ceremonia, se había estrenado ocho meses antes, por lo que tenía bien amortizada su carrera no sólo en las salas, sino también buena parte de sus ventas en DVD.

Es hora de que todos los implicados en la buena salud del cine español remen en la misma dirección.