‘The Royal Hotel’, amenaza y violencia contra la mujer

'The Royal Hotel'
Agobiante
Un thriller psicológico que construye una agobiante atmósfera de violencia contra la mujer.
3.5

La australiana Kitty Green entró con muchísima fuerza en el radar cinéfilo con Ukrania no es un burdel, que se presentó en el Festival de Venecia en 2013, se confirmó como cineasta a tener en cuenta en 2017 con Casting JonBenet, un impresionante documental sui generis sobre el asesinato de la niña JonBenet Ramsey y sorprendió con el contundente filme The Assistant (2019). Sus películas son potentes denuncias de la violencia verbal y física que en diferentes ámbitos se ejerce contra la mujer simplemente por el hecho de serlo, sobre todo de la que se encuentra en situación de inferioridad de algún tipo (de edad, de clase social, laboral…). La seleccionada para esta Sección Oficial, The Royal Hotel, no solo no abandona el tema sino que construye con él una agobiante y amenazadora atmósfera que prevalece en toda la película.

Hanna (Julia Garner) y Liv (Jessica Henwick) son dos veinteañeras estadounidenses que están de mochileras por Australia. Cuando se quedan sin dinero, se ven obligadas a aceptar un trabajo en el interior del continente, en una taberna aislada en el outback, a la que acuden los mineros de una mina cercana principalmente a emborracharse. En ese lugar se verán sometidas a la brutalidad y amenaza constante de los lugareños, donde hasta el aparentemente más amable las considera un objeto para su uso y disfrute. Pero ellas, sobre todo Hanna, sacarán una fuerza y una determinación que no eran conscientes de poseer.

Los mecanismos de la violencia contra las mujeres se revelan en una película construida como un thriller, con una tensión que va creciendo sin parar, pero que se detiene a examinar los diferentes tipos que la ejercen, con un perfilado de personajes secundarios muy detallado y eficaz. Hay violencia, y mucha, en toda la película, pero lo más asfixiante es el clima de amenaza, el agobio que produce estar en medio de esa turbamulta de testosterona aburrida e indolente y sin muchas más distracciones que el alcohol y las camareras. Y en ellas, fantásticamente interpretadas por Garner y Henwick, también hay mucho desarrollo psicológico de concesión, responsabilidad, culpa y por último fuerza para salir de la situación.

La película pierde un poco de fuerza hacia el final, porque se ve atrapada ligeramente en el clima de «no hay salida» que ha creado, pero es narrativamente impecable y muy eficaz en el mensaje.