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Llevo ya un tiempo queriendo dedicarle una entrada del blog al fenómeno televisivo de la temporada: Glee. Y tras ver este fin de semana su extraordinario capítulo número 16, Home, 44 minutos de emociones, risas y extraordinarios números musicales de artistas tan variados como Springsteen, Streisand o Christina Aguilera, creo que ha llegado el momento.

Creada por el megapetardo de Ryan Murphy, responsable de Nip/Tuck (2003-2010, F/X), esa marcianada que empezó muy bien y terminó alcanzando dosis de inverosimilitud como pocas veces se han visto en televisión, pero también de Popular (1999-2001, WB), mucho menos conocida y verdadero germen de Glee, ésta responde a dos necesidades: demostrar su amor por el musical y ajustar cuentas con el despiadado sistema de castas de los institutos estadounidenses.

La cadena Fox emitió el piloto de Glee a finales de la temporada pasada, hace casi un año, y empezó a despertar un gran interés en los medios. Nos presentaba a Will Schuester (Matthew Morrison), profesor de español en un instituto y excomponente del Glee Club, actividad extraescolar en la que los chicos demuestran su talento cantando y bailando. Hace 15 años ser parte del Glee Club era ser popular, pero hoy en día es símbolo de ostracismo social donde se hacinan todos los perdedores (me encanta el término loser norteamericano).

Will toma la dirección del Glee Club e intentará que recobre el esplendor que tenía cuando él era estudiante, a pesar de las mil trabas que le pondrá su némesis Sue Sylvester (genial Jane Lynch), entrenadora de las animadoras que ve en el Glee Club una amenaza a su estatus de estrella local.

Lo primero que uno descubre al empezar a ver Glee es lo poco original que es en su visión sarcástica (Chicas malas y A por todas ya contaron parte de lo que Murphy quiere narrarnos), pero es en el diseño de personajes y en la emotiva puesta en escena donde la serie pone toda la carne en el asador. Desde la irritante y perfeccionista Rachel Berry (bordada por la habitual de Broadway Lea Michele), pasando por Kurt, el chico más gay que pueda existir (entrañable Chris Colfer), hasta Quinn, la jefa de animadoras bitchy pero con buen corazón (Dianna Agron). Sin olvidarme de Brittany (Heather Morris), ese personaje secundario que en cada capítulo siempre tiene una frase memorable.

Los peros se encuentran en la poca credibilidad de algunas de las tramas, precisamente por esa tendencia a la exageración y el histrionismo de algunos personajes. No se entiende, por ejemplo, que el instituto McKinley sea el único que no apoya a su Glee Club y que considere a sus miembros una panda de fracasados, cuando cada capítulo demuestran su buen hacer y cuando se ve que otros institutos contra los que competirán por el campeonato nacional sí apoyan a sus clubs. No es realista. Aunque, ¿cuándo han sido los musicales realistas?

Desde el momento en que un personaje utiliza una canción para expresar un sentimiento sabemos que no estamos ante una película de Ken Loach. Entonces, ¿por qué funciona tan bien Glee? Precisamente por reformular de nuevo a la generación de American Idol el mismo mensaje simple de siempre: “se tú mismo y triunfarás”. Y si además salpicas el mensaje con un surtido de temas que aúna lo más comercial (Katy Perry, Amy Winehouse, Beyoncé, Rihanna) con clásicos imperecederos (Queen, Dionne Warwick, Neil Diamond) y musicales de toda la vida (Cabaret, Grease, Wicked, My fair lady) llegarás a un amplio espectro de melómanos.

GleeGlee emitió sus 13 primeros episodios de septiembre a diciembre de 2009 con unas buenas audiencias que llegaron a los 8 millones de espectadores. Se convirtió en fenómeno social eclipsando (merecidamente) a otras series del momento como Gossip Girl, vendiendo millones de sus temas en iTunes y hasta Michelle Obama pidió a los intérpretes que actuaran para su familia en la Casa Blanca. Esta primera parte de la primera temporada, a pesar de sus irregularidades, contó con momentos excelentes como la primera aparición de Kristin Chenoweth en el capítulo 5, el momento Single ladies de Beyoncé, el Somebody to love de Queen y, sobre todo, la increíble interpretación del Don’t rain on my parade por Lea Michele en el capítulo 13.

Tras cuatro meses de espera, las expectativas por saber si la serie se trataba de un fenómeno pasajero fueron creciendo y en abril comenzaron a emitirse los 9 episodios que componen la segunda tanda de la primera temporada. El 15 dedicado a Madonna convocó a 13 millones de espectadores. Y la calidad no había bajado un ápice, más bien al contrario: las tramas parecían más afinadas, los actores más cómodos con sus personajes y la selección musical más acertada que nunca. Los excesos siguen estando ahí, pero los guionistas son capaces de ocultarlos o limarlos.

Y la semana pasada, el 27 de abril, se emitía el episodio 16, Home. Kristin Chenoweth volvía a aparecer, desternillante, desbordando química con Matthew Morrison (clavando un dueto de la Streisand), Chris Colfer compartía trama con el soso de Finn (Cory Monteith) y se lo merendaba, dando ejemplo de lo buen actor que es y lo que puede llegar a ser capaz mientras cantaba el tema clásico A house is not a home. Y Mercedes (Amber Riley), un personaje que nunca me causó mucha simpatía y que pensaba que existía principalmente por cubrir la cuota afroamericana que toda serie necesita, me hizo llorar al interpretar Beautiful de Christina Aguilera.

Glee podría haber sido la serie más friki del mundo. Una serie musical. Sobre perdedores. Pero el verdadero acierto de Murphy y su equipo es saber hablar de lo universal a través de lo concreto. Cada capítulo se centra en un tema diferente, pero el nexo es la evolución personal y la aceptación de uno mismo. A pesar de estar revestida de bastante mala baba, se trata de una serie positiva, dulce y divertida. Está bien hecha, emociona, llega a todo el mundo y ahora mismo está en su mejor momento. Esperemos que se mantenga así por mucho tiempo.