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El Festival de Málaga enfila su recta final recobrando el resuello. Tras varias jornadas tirando a anodinas, en las que se han agradecido los pequeños sobresaltos ya fueran por las razones correctas o no, el amor -qué si no- ha venido a levantar el vuelo del certamen con los viajes en el tiempo de Sin fin y, sobre todo, la suavemente amarga Benzinho.

La idea de los amores que superan las angustiosas barreras del tiempo ha sido abordada muchas veces en el cine con desigual fortuna, buen gusto o acierto. Desde la sublime Jennie de William Dieterle al anime dulzón de Your Name, pasando por comedias sofisticadas (Big, Una cuestión de tiempo) o más simplonas (Kate y Leopold) sin olvidar, claro, la derivada aventurera de Regreso al futuro el amor más allá del tiempo ha resultado ser un material cinematográfico tan interesante como escurridizo.

Sin fin se lanza de lleno a esta piscina de aguas procelosas y se echa a nadar. Los hermanos Alenda, llevan al largo su cortometraje Not the End con María León y Javier Rey interpretando a María y Javier, una pareja sobre la que se proyecta una gran sombra. Él es un científico entregado a su investigación para lograr una máquina del tiempo -algo planteado con toda sobriedad, lejos del bombástico condensador de fluzo- y ella una actriz frustrada sumida en una tremenda depresión. El reloj se detiene a las 5:15 y Javier el futuro regresa para tratar que María vuelva a darle cuerda.

La historia suena romántica pero no es de una pieza: sin escarbar en los porqués pero invitando al espectador a construirlos, viajamos idea y vuelta desde esta madrugada que se proyecta fatídica a la primera cita tan improbable como definitoria. Los Alenda logran trabar ambas historias con inteligencia, aunque a la hora de la puesta en práctica cometan algunas torpezas de principiante.

Falta en la dirección la sofisticación y fineza de Dieterle: el tono de la narración empieza en puro código del cine de ciencia ficción para saltar sin solución de continuidad al drama intimista para después trufar los flashbacks de momentos que rozan lo cursilón. Y aún así, la película funciona y consigue un par de momentos de verdadera emoción. Es una película imperfecta pero valiente.

En cambio, la brasileña Benzinho no necesita artificio alguno para hablar del amor familiar y, sobre todo, del amor de una madre. Gustavo Pizzi retrata en su segunda película a una mujer fascinante que bien podría ser cualquier mujer. Interpretada con brillantez por Karine Teles, que también firma junto a Pizzi el guión, Irene es una madre de cuatro hijos que lucha por mantener en pie un mundo que se desmorona a su alrededor: un marido librero al borde de la quiebra, una hermana huida de un marido maltratador, un primogénito que de repente es mayor y quiere irse a jugar balonmano a Alemania… Su casa amenaza ruina, pero Irene la parchea haciendo de ella, pese a todo, un lugar mejor.

Posiblemente Benzinho sea la mejor película de este Festival y mercería grandes éxitos.