
El shock que causó en el Festival de Venecia, donde obtuvo el Premio Especial del Jurado, no ha impedido un gran impacto en las proyecciones de Perlak en San Sebastián. El documental, escrito y dirigido por los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, no necesita de una gran puesta en escena, pues los testimonios (de miembros del ejército israelí que confiesan amparados en el anónimato) son una de las cosas más impactantes que hemos podido escuchar recientemente en una sala de cine. La mayor parte de ellos hablan a oscuras en una azotea de Tel Aviv y se superponen imágenes de ventanas de edificios de la ciudad donde la vida sigue como tal cosa.
Se ofrecen detalles y cifras escalofriantes de primera mano por boca de algunos miembros de los cuerpos de élite sionistas. Quizá uno de los más reveladores es que todo empezó como una gran venganza por el ataque de Hamas a Israel del 7 de octubre de 2023, justo cuando se cumplían 50 años de la Guerra del Yom Kippur. No en respuesta a lo obvio: la muerte de 1400 personas y el secuestro de otras 252; sino porque hirió el orgullo de la inteligencia sionista que no había tenido la mínima noción de lo que se adivinaba.
Más allá de esto, llueven las confesiones de que lo que ha ocurrido, efectivamente, ha sido aún peor de lo que podíamos imaginarnos: una matanza masiva a gran escala. En el terreno militar, se constata que, gracias a que los servicios secretos de Tel Aviv controlan todas las conversaciones que ocurren en Gaza, se pudo localizar a buena parte de los miembros de Hamas y se decidió eliminar a buena parte de ellos, de noche, cuando estaban en su casa, aún siendo conscientes de que con ellos iban a morir sus mujeres y sus hijos inocentes, es decir, los Naza (víctimas colaterales, o en este caso, gente inocente asesinada voluntariamente). Netanyahu no tuvo problema en dar la vuelta a esta práctica y asegurar que los palestinos usaban escudos humanos.
Antes de perder la legitimidad internacional se esforzaron por bombardear barrios enteros, con el objetivo de que no volvieran al Norte de Gaza jamás y se concentraran en el Sur. Para eso, según detallan los militares, tampoco tuvieron problema en disparar, tras los primeros ataques, a mujeres y niños que acudían a recoger su ropa entre los cascotes a sabiendas de que no estaban armados. Por no hablar de cómo cumplieron la orden de que no entrara ningún alimento para eliminarles también de hambre, del diseño de un algoritmo al que le permitían, sin rubor, hasta un 15% de víctimas erróneas…
Los entrevistadores también se esfuerzan en tratar de averiguar el impacto humano entre los que analizaban datos o construían algoritmos para matar mejor, o directamente apretaban el botón de las bombas. Hay quien admite que no pudieron continuar adelante y tuvieron que dejarlo, otros aseguran que su puesto es técnico y no pueden permitirse ningún juicio moral, muchos se escudan en que se trata de una misión que debían cumplir. No falta quien admite enganche a la adrenalina similar a la de pasarse un videojuego tras borrar un barrio entero del mapa.
Es posible irse a tomar una copa con los amigos minutos después de haber eliminado a cientos de enemigos inocentes, desarmados y muertos de hambre, aunque tiempo después, solo en algunos, asoma en algunos la pregunta: “si los nazis eran malvados, ¿yo que soy?”.

