Arranca hoy el Festival de Cine de San Sebastián con la proyección de The Equalizer, película con la que el certamen mata dos pájaros de un tiro: la sesión inaugural y el primer Premio Donostia de esta edición para su protagonista, Denzel Washington. La cinta es una sólida historia de acción y venganza dirigida por Antoine Fuqua, que pese a sus esfuerzos por no resultar convencional, deja el regusto a ya visto.

The Equalizer narra la historia de un hombre corriente que trabaja en un almacén de bricolaje que pronto sabremos que esconde un pasado misterioso. Sin desvelar gran cosa, podemos adelantar que se trata en realidad de una certera máquina de matar, ahora retirado tras la muerte de su mujer. Efectivamente, el argumento nos lo sabemos y, por más que Fuqua quiera enriquecer la narración, se da de bruces constantemente con lo previsible de su planteamiento.

Aún así, hay que destacar la inteligencia de este director, que ya propició el segundo Oscar de Denzel Washington con aquel policía corrupto de Día de entrenamiento. Aquella cinta tuvo la audacia de llamar a una de las estrellas de Hollywood que tradicionalmente encarnan la decencia y el porvenir para incorporar a un personaje despreciable y deshumanizado. En The Equalizer no se va tan lejos, aunque sí da pie a que el actor dibuje a un tipo aparentemente frío y calculador que encierra un abismo emocional que casi nunca asoma.

Fuqua, autor de una de las cintas de acción más divertidas de los últimos años, Objetivo: La Casa Blanca, ha conferido a esta película un tono mucho más sobrio e, incluso, un ritmo pausado -tal vez en exceso- en largo prólogo durante el cual se remite constantemente a los cuadros de Eduard Hopper, con ese bar acristalado y casi vacío y, en general, esas atmósferas en las que parece faltar el aire.

Pero sus exquisitas intenciones quedan atrás cuando el asesino entra en faena y, aunque el resto de la película está rodado con oficio y montado con sentido del ritmo, queda por debajo de sus ambiciones. En su denodado intento por mejorar el material del que parte, Fuqua opta por no escatimar detalles escabrosos en las matanzas, muchas veces produciendo en el espectador más incomodidad de la que la historia requiere. No necesitamos ver cómo se revienta un ojo o se perfora la garganta para entender la frialdad del protagonista.

Peculiar largometraje inaugural, en fin, para un certamen del perfil de San Sebastián. Aunque también es cierto que cosas más marcianas hemos visto hace no tantos años. Mañana comenzará la verdadera competición por la Concha de Oro con la primera cinta española en liza: la esperadísima La isla mínima, de Alberto Rodríguez, protagonizada por Javier Guitérrez y Raúl Arévalo.