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La primera jornada del Festival de San Sebastián ha resultado un tanto confusa. En una edición que se promete brillante, al menos en cuanto a las visitas internacionales y la expectación ante algunos títulos, la jornada inaugural ha quedado muy por debajo de las expectativas. Al menos en lo que se refiere a la competición oficial.

La película de inauguración, El amor menos pensado, del argentino Juan Vera, ha resultado ser una comedia agridulce perfectamente convencional a la que no salvan ni Ricardo Darín y Mercedes Morán. Tampoco lo ha solucionado, ni mucho menos, la suizo-alemana El inocente, de Simon Jaquemet, una empanada de ideas que van desde Dios hasta el demonio pasando por la religiosidad y el mito de Frankenstein que resulta aburrida, confusa y repetitiva.

En Perlas se ha proyecto Un día más con vida, la cinta de animación de Daniel de la Fuente y Damian Nenow que adapta al cine uno de los grandes libros de Kapuscinski. El juego que propone desde los dibujos animados a ser una cinta documental es siempre interesante e invita a viajar al espectador a uno de los conflictos olvidados del mundo, la guerra de Angola. Con toques cercanos al cine de aventuras y un Kapuscinski que recuerda al mejor Humphrey Bogart, la película es francamente notable.

Por la noche, la gala de inauguración escrita por Borja Cobeaga, Diego San José y Borja Echevarría, al más puro estilo de los Premios Feroz, ha caído como una bomba entre un público acostumbrado a un acto más institucional que divertido. Con Belén Cuesta y Nagore Aramburu de maestras de ceremonias, la apertura ha sido la verdadera revolución de esta edición.