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Las Perlas del Festival de San Sebastián se han hecho dignas este año de tal nombre con la presencia de dos películas absolutamente extraordinarias, nacidas de la memoria íntima de dos genios de nuestro tiempo y rodadas en un exquisito blanco y negro: Roma, de Alfonso Cuarón; y Cold War, de Pawel Pawlikowski.

En Roma, Cuarón reconstruye sus recuerdos de infancia en los que una mujer maravillosa llamada Cleo (Libo, en realidad) cuidaba de la familia y a la postre se convertía en una más de la casa. Es un precioso homenaje a las muchas Cleos del mundo, mujeres sensacionales y valientes, autónomas y capaces, para las que la condición de empleada se queda muy corta y que para un niño como el pequeño Alfonso se convierten en parte fundamental de su vida, su educación y sus recuerdos.

Para rememorar a Cleo, Cuarón resucita la Ciudad de México de principios de los setenta. Primero la casa familiar, los detalles del suelo, las irregularidades de las paredes, la azotea bajo el transitar de los aviones que despegan, el perro que ensucia la entrada, las comidas de la cocinera, casi se dirían que hasta los olores. Luego, más allá de sus paredes, la ciudad bulliciosa, los coches y autobuses, los vendedores ambulantes, los escaparates, las cafeterías atestadas, el cine. Y con Cuarón lo recordamos nosotros y sentimos que su historia es también un poquito la nuestra.

Pero aún hay más. Cuarón también habla del momento social, de la lucha de clases, del ocaso de una época que todavía no era a color. Y Cleo como testigo y víctima, como fuerza de la naturaleza desde su fragilidad, como fuente de luz y amor. Roma es inolvidable porque ya lo recordábamos antes de verla.

También Pawlikowski construye Cold War como un homenaje a sus padres en una cinta que, asegura, no es fiel a su biografía pero sí a su esencia. Un músico polaca que al terminar la II Guerra Mundial recibe el encargo de crear un grupo de coros y danzas tradicionales para alimentar el orgullo patrio. Es así como conoce una joven cantante y surge un amor al borde de lo imposible y lo prohibido.

La suya es una historia de un romanticismo clásico, de adioses y reencuentros, de música y destino. Como en la extraordinaria Ida, Pawlikowski rueda no sólo en blanco y negro sino en 4:3, el formato del cine clásico, para llevarnos a un viaje permanentemente evocador.