25 años de polémicas en los Premios Goya

Los Goya celebran mañana 25 años tras varias semanas de polémicas que han terminado con la dimisión diferida del presidente de la Academia, Álex de la Iglesia. Pero no es, ni mucho menos, la primera vez que los premios más importantes del cine español conviven con el escándalo.

El director de Cinematografía, ingresado (1994)
Las primeras ceremonias de entrega de los Goya más que polémicas fueron lastimeras, con muchos profesionales reivindicando más atención, más ayudas, una regulación más propicia… Pero el primer gran problema vino en1994 cuando el Ministerio de Cultura, capitaneado por Carmen Alborch, quiso atender esas reclamaciones. Después de semanas de reproches y enfrentamientos, el encargado de reformar el sistema de ayudas al cine, Juan Miguel Lamet sufrió una crisis cardiaca horas antes de los Goya. En la ceremonia ni se mencionó la cuestión, pero la sombra de la polémica compartió protagonismo Berlanga, triunfador ese año con Todos a la cárcel.

Pero lo peor fue la ausencia de muchas estrellas, que excusaron su presencia de manera más o menos convincente. Entre ellos figuraban Victoria Abril, Paco Rabal, Alfredo Landa, Maribel Verdú, Pedro Almodóvar, Ángela Molina, Antonio Ferrandis, Juan Echanove, Charo López, Juanjo Puigcorbé, Silvia Marsó, Julieta Serrano y Aurora Redondo.

Los motoristas de Garci (1999)
La de Álex de la Iglesia y la ley Sinde se queda pequeña con la crisis de las acusaciones de compra de votos que se vertieron contra José Luis Garci el año en que estaba nominado por El abuelo. Los académicos recibieron un anónimo que rezaba: “Los mensajeros de don José Luis Garci le anunciamos nuestra próxima visita, en la que recogeremos una vez más las papeletas y le desearemos personalmente un feliz año nuevo”. Nunca se demostró la autenticidad del mensaje, pero la cosa llegó más lejos cuando el productor Pedro Costa acusó al director de pagar las cuotas atrasadas de varios miembros a cambio de que votaran por El abuelo. Esta acusación llegó a los tribunales, pero la querella quedó archivada. Garci ni acudió a la gala y abandonó la Academia. No ha vuelto a aparecer por allí.

Barcelona y el bajón de la derrotada (2000)
La ceremonia del año 2000 es la única que se ha celebrado fuera de Madrid en un intento de descentralizar la imagen de los máximos premios del cine español. La presentación de la gala se puso en manos de la gran revelación del año, Antonia San Juan, que había sido descubierta por Almodóvar en Todo sobre mi madre. San Juan era también candidata a mejor actriz revelación –nada nuevo, ya le había pasado antes a Rosa María Sardá- pero cuando el Goya voló a manos de Ana Fernández (Solas), se desinfló y cada vez que salía al escenario se arrastraba lastimosamente y sin ganas. La fiesta se acabó convirtiendo en una retransmisión lánguida y apagada.

“No a la guerra” (2003)
En uno de los momentos más calientes de la segunda legislatura de José María Aznar, la Academia encargó la gala a la compañía teatral Animalario, que ya entonces tenía ganada una cierta reputación como agitadora política. Y así fue, Alberto San Juan y Guillermo Toledo capitanearon una especia de revuelta popular en contra de la invasión de Irak. Las solapas y los escotes se llenaron de carteles de “No a la guerra” mientras en los discursos de agradecimiento se mezclaban espontáneamente las inevitables menciones a familiares y amigos con protestas contra la decisión del Gobierno.

Los Goya pierden su nombre y una concentración contra Medem (2004)
El año 2004 empezó con la peor noticia imaginable: la vieja reivindicación de una asociación de fotógrafos de Zaragoza sobre la denominación “Premios Goya” obligaba a prescindir del nombre. Durante los siguientes años las estatuillas se convirtieron en innombrables y le acontecimiento tuvo que usar el genérico “Premios de la Academia. Desde hace dos años, un acuerdo ha permitido volver a utilizar el nombre del pintor aragonés.

Pero a las puertas de la gala aguardaba otra. La Asociación de Víctimas del Terrorismo llamó a concentrarse a la puerta del Palacio de Congresos para protestar contra la candidatura de Julio Medem a mejor documental por La pelota vasca. La piel contra la piedra. La película llevaba ya meses de polémica por la supuesta equidistancia del realizador ante ETA, pero el recuerdo del “No a la guerra” del año anterior echó gasolina al fuego. Al final, la manifestación no fue multitudinaria en modo alguno, pero sí muy ruidosa.

El enfado de Almodóvar (2005)
En 2005 Mar adentro arrasó con 14 goyas de los 15 a los que optaba. La cifra es abrumadora, pero alguien le dio una segunda lectura. Frente a ella, La mala educación se fue a casa de vacío y Pedro Almodóvar, que ni se había molestado en acudir a la ceremonia oliéndose el percal, abandonó la Academia pocos días después. Su hermano Agustín, productor de sus películas, ya había presentado su renuncia en diciembre después de que se anunciara que la cinta sólo contaba con cuatro candidaturas. En un intento desesperado para aplacar el enfado, la Academia reformó las reglas de los Goya pero fue en vano. El director ni ocudió a recoger los premios que obtuvo en 2007 con Volver. Sólo la insistencia de Álex de la Iglesia hizo que apareciera por sorpresa para poner la guinda a la ceremonia del año pasado.

Los cortos, al borde del abismo (2007)
Aunque la entrega de 2007 fue relativamente pacífica, los meses previos estuvieron muy agitados por el intento de la Academia de bien suprimir o bien sacar de la ceremonia los premios a los cortometrajes. Con ello se quería recortar la duración de la gala, que el año anterior había superado las cuatro horas. Tras una sonada protesta, los premios se mantuvieron.

Un Goya robado y milagrosamente recuperado (2009)
En 2009 todo fue sobre ruedas hasta que se apagaron los focos. Cuando todo el mundo respiró aliviado pensando que ya tocaba descansar, volvió a ocurrir. El Goya al mejor documental desaparece del guardarropa en una fiesta celebrada en un local de Madrid.

Dos días después, el diario El Mundo sale a la calle con una enorme fotografía en portada de un individuo de espaldas y el Goya desaparecido en la mano. El titular dice “Un crítico en paro secuestra el Goya y lo entrega a El Mundo”. El sumario dispara contra la propia gente del cine: “No soy un ladrón (…) Sólo quiero protestar por el sectarismo y el nepotismo que imperan en el cine español. Siempre les dan las subvenciones y los premios a los mismos”.

Pocas horas después, el director del periódico, Pedro J. Ramírez, aparece en su videoblog acariciando la estatuilla, citando a Bogart y Shakespeare y aludiendo a la grandeza del cine. Se organizó una entrega en la redacción del diario esperando que algún responsable de la institución se pasara a recogerlo. En su lugar acudió un mensajero.