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La candidatura de The Reader (El lector) en los apartados de
mejor película y director ha pillado con el pie cambiado a muchos
aficionados, que esperaban ver en el quinteto final bien a Wall·E, bien a El caballero oscuro.
Pero la Academia, un año más, ha reafirmado su independencia y con esa
elección ratifica que ni sigue la opinión de los críticos (que
apostaban por la cinta animada) ni reproduce los galardones de los
gremios profesionales (que habían votado en masa por el superhéroe.

Merece la pena detenerse un poco más en este análisis, porque ofrece unas cuantas lecciones. La primera todas hace referencia a las cualidades de The Reader en sí misma. Puede que no agradara a los críticos (58 puntos en Metacritic), pero tenía, en efecto, mucho que ofrecer a la Academia. De hecho, en nuestro penúltimo Oscatlón la incluimos en la quinta plaza de nominada (sí, en aquella fecha, clavamos las nominaciones a mejor película y director), cosa que muchos lectores criticaron vivamente. En la quiniela final, en cambio, no la hicimos figurar por varios motivos: uno, que era una apuesta hecha entre todos, redactores y lectores, y el arribafirmante se había quedado solo defendiendo sus posibilidades; dos, que los gremios profesionales (integrados parcialmente por los mismo votantes que los Oscar) la habían ignorado; y tres, que nos dejamos contaminar por las malas críticas.

Pero tenía factores a su favor que, al final, han pesado más. Uno, el apoyo de los votantes británicos, el mismo que el año pasado encumbró Expiación, y que ha quedado patente en las nominaciones de los BAFTA. Dos, la habilísima mano de Harvey Weinstein, su productor, inventor de la campaña de los Oscar tal y como la conocemos hoy que, desde el día en que forzó que la película llegara a los cines a tiempo, ha removido Roma con Santiago para verla en lo más alto. Y, sobre todo, tres: a la Academia sólo hay una cosa que le guste más que las adúlteras arrepentidas y los que se retiran: las películas de nazis.

La inclusión de The Reader es, insisto, el mejor mensaje que podía lanzar la Academia reafirmando su independencia y recordando que sus miembros son la élite profesional de Hollywood, que no necesita de guías externas para saber lo que les gusta y lo que no.