Hemos enviado la contraseña a su correo electrónico.
"Hacer 'Cantando bajo la lluvia' y tener dos hijos es lo más difícil que he hecho en la vida". La frase es de Debbie Reynolds, la pizpireta estrella de los musicales de la Metro, la madre que no pudo superar la muerte de su hija, una Carrie Fisher qu...

“Hacer ‘Cantando bajo la lluvia’ y tener dos hijos es lo más difícil que he hecho en la vida”. La frase es de Debbie Reynolds, la pizpireta estrella de los musicales de la Metro, la madre que no pudo superar la muerte de su hija, una Carrie Fisher que ha muerto tan solo un día antes que ella. “A ella la llamaban la hija de Debbie Reynolds. ¡Ahora yo soy la madre de la princesa Leia!”, solía decir en las entrevistas cuando salía el tema de ‘Star Wars’ y la fama de su hija más conocida. El destino ha querido que ambas mueran con tan solo un día de diferencia y que Hollywood no solo recuerde las hazañas de la princesa galáctica sino también las de aquella ‘vecinita de al lado’ de cara simpática a la que el mundo conoció gracias a ‘Cantando bajo la lluvia’.

Debbie había entrado en el grupo de nuevas estrellas de la Metro, aquellas surgidas del optimismo post Segunda Guerra Mundial, con tan solo 16 años y tras ganar un concurso para imitar a la entonces muy popular  Betty Hutton. Apenas tenía 19 cuando Gene Kelly la eligió para ser la Kathy de ‘Cantando bajo la lluvia’. Jamás había bailado un solo paso en su vida y los ensayos no fueron fáciles. El carácter de Kelly, jovial y encantador en pantalla, era bastante más duro y tiránico tras la cámara. Mientras rodaban el número ‘Good Morning’ a la jovencita Debbie le llegaron a sangrar los pies, pero su energía en la pantalla en esa y otras canciones la convirtió en una estrella.  A cambio de su padecer obtuvo la inmortalidad de formar parte del que está considerado el mejor musical de la historia del cine.

Su carrera posterior la convirtió en símbolo de lo naif. De cara simpática y sonrisa perenne, con talento para cantar y bailar y cierta melancolía tras una mirada alegre y risueña, Debbie Reynolds fue perfecta para encarnar a personajes cantarines y enamoradizos como el de ‘Tammy, la muchacha salvaje’ (Joseph Pevney, 1957). Encadenando personajes cortados por el mismo patrón, parecía que Hollywood no se la tomase demasiado en serio hasta que interpretó a una de las supervivientes bandera del hundimiento del Titanic: Molly Brown. Aunque a las nuevas generaciones les cueste ver en ese personaje a otra actriz que no sea la oronda Kathy Bates del ‘Titanic’ de James Cameron, Reynolds le dio una nueva y musical dimensión en ‘Molly Brown siempre a flote’ (Charles Walters, 1964) y obtuvo una merecidísima nominación al Oscar.

En lo personal, y aunque tuvo tres maridos, su vida estuvo marcada por su primer matrimonio con el cantante Eddie Fisher. La propia Carrie Fisher relataba en un divertido monólogo cómo su padre había consolado “demasiado” a una apesadumbrada Elizabeth Taylor cuando esta se quedó viuda del productor Mike Todd. Cuando se acabó yendo con ella y se separó de Debbie Reynolds, todo Hollywood bromeó sarcásticamente sobre la capacidad de la Taylor para robar maridos. Ironías de la vida, al pasar los años las dos actrices se acabaron convirtiendo en buenas amigas.

Allá por los años 70, justo cuando su hija se convertía en la princesa Leia, la carrera de Reynolds languidecía. Los nuevos tiempos parecían no ir demasiado con ella y con otras estrellas de pasado relumbrón. De hecho, ‘The Debbie Reynolds show’, uno de esos espacios televisivos a mayor gloria de una estrella concreta, bastante frecuentes en la Norteamérica de entonces, se fue al garete cuando ella protestó porque durante la publicidad se emitían anuncios de tabaco. Definitivamente, lo suyo era un cine más familiar y así lo demostró en películas televisivas como las de ‘Halloweentown’, en las que encarnaba a una especie de bruja con más simpatía y bondad que las habituales en ese tipo de personajes. Su eterna cara aniñada era perfecta para personificar la bonhomía y lo positivo. Esos fueron los últimos trabajos reseñables de una actriz que siempre tuvo un don que no está al alcance de cualquiera. No era un sex symbol, no levantó pasiones entre hordas de fans como otras de sus coetáneas pero tuvo algo con lo que sueña toda estrella que se precie de serlo: el cariño de un público fiel que la quiso durante décadas. Descansa en paz, querida Kathy Selden.