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La cuarta jornada de festival comienza con Julie, la propuesta de Alba Gonzalez de Molina que cuenta la historia de una chica que, intentando huir de su vida, recala en un pequeño pueblo poblado por una comuna que establece sus propias reglas de conv...

La cuarta jornada de festival comienza con Julie, la propuesta de Alba Gonzalez de Molina que cuenta la historia de una chica que, intentando huir de su vida, recala en un pequeño pueblo poblado por una comuna que establece sus propias reglas de convivencia. Julie se hace hueco como maestra y entre los habitantes del pueblo, o eso parece creer. Con una propuesta temática cercana a la que Alex Garland daba en La playa, adaptada al cine por Danny Boyle, Julie es una historia que aborda la naturaleza humana y los cantos de sirena de una forma naif y superficial, haciendo hincapié en la naturaleza críptica de una personalidad pasivo agresiva de su protagonista.

A diferencia de otros relatos similares, su único cometido es exponer los hechos sin siquiera incitarnos a querer descubrir algo más. Y casi mejor, pues tampoco la película ofrece ninguna respuesta a las incógnitas que pudieran surgir. Un retrato descafeinado y sin garra de una situación que, siendo suficientemente relevante, parece no importar demasiado a la directora.

Pero la gran protagonista de hoy, aunque solo sea por la efeméride, ha sido Gernika. El esperado proyecto dirigido por Koldo Serra se ha enseñado en Málaga en el día del 79 aniversario del bombardeo que retrata con una cálida acogida por el público, ovación al finalizar el pase para la prensa incluida. La historia, ambientada en los días previos al bombardeo, narra la historia de amor entre una editora de la oficina de prensa republicana y un periodista en horas bajas, aunque construye un entramado de personajes que navegan, pretendidamente, entre unas pasiones personales y profesionales que quedan lejos de calar en el espectador. Un reparto solvente que hace lo que puede entre el batiburrillo idiomático y el encorsetamiento de época en el País Vasco de finales de los años 30.

El director Koldo Serra, que despliega todo su buen hacer en la película, es la gran estrella de la cinta, pues adquiere el complicado papel de narrador externo de la historia, da dos pasos atrás para contar una historia particular para terminar ilustrando los horrores y las injusticias de la guerra, de cualquier guerra. La mayor baza, junto al talento tras la cámara de Serra, es una producción más que cuidada y con una factura impecable, e imágenes (sobretodo durante el bombardeo), realmente espectaculares. Gernika quizá no sea una película redonda, pero es una película perfecta para poner en valor uno de los episodios más dolorosos y tristemente maltratados de nuestra historia. Un paseo por nuestras miserias que podría reportarle algún premio, el más evidente, el de la mejor dirección.