Hemos enviado la contraseña a su correo electrónico.

Dos películas presentadas hoy a concurso parten de sendos casos de vientres de alquiler, aunque sean bien diferentes entre sí: Una especie de familia, de Diego Lerman; y Love Me Not, de Alexandros Avranas. La primera es muy fallida pese a contar con una actriz tan prodigiosa como Bárbara Lennie. La segunda es un relato salvaje que agita, remueve y zarandea con muy mala baba.

Lerman ha cometido varios errores. Para empezar en el guión, que pide al espectador comulgar con ruedas de molino cuando avanzamos en la historia de esta médico que está empeñada en ser madre aunque la naturaleza no opine lo mismo. Claramente la naturaleza tenía razón y este personaje egoísta y cegado merece todas las desgracias que le ocurren, por absurdas que sean. Lo peor de todo es que Lerman mira a su protagonista con una comprensión deleznable.

Avranas en cambio parte de la subrogada para levantar un relato oscurísimo e inquietante, lleno de revueltas y preguntas morales que desembocan en otra inmoralidad. Para entonces ya tenemos el cuerpo tan cortado que necesitamos darnos un rato para poner las cosas en perspectiva y preguntarnos si hay grados en la inmoralidad. Tremenda.

La luz y la justicia

La jornada de hoy nos traído varios ejemplos más de buen cine. Anunciada en el programa como Licht y rotulada en la película como Mademoiselle Paradis, es el biopic de una pianista y compositora coetánea de Mozart que tenía la peculiaridad de estar ciega. Decimos estar porque en algún momento no lo fue y en la cinta asistimos a un tratamiento un tanto esotérico que, sin embargo, le devuelve parcialmente la vista. La directora austriaca Barbara Albert ha logrado una hermosa película clásica pero nada antigua que habla sobre la luz y la oscuridad, el arte y la ciencia, el conocimiento y la superstición.

Por último, los belgas Jean Libon e Yves Hinant han presentado Ni juge, ni soumise, una cinta que el espectador tiene verdaderas dificultades para reconocer como documental, pero que sin embargo se nos asegura que lo es. La cámara sigue durante varios días a una jueza de instrucción, Anne Gruwez, que atiende a los criminales (sus “clientes”) con una naturalidad e ironía pasmosa y recorre Bruselas a bordo de un Dyane azul a los sones de la Marcha Radetzky.

La película es realmente desconcertante pues nunca estamos seguros de si estamos ante una genialidad o ante una anécdota. En cualquier caso, es gozoso presenciar el sentido del humor y de la justicia de Gruwez y nos preguntamos si no es acaso una misma cosa. En los tiempos que corren, donde los chistes son objeto de escrutinio y sanción, es una buena cuestión.