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El equipo de La trinchera infinita  juega en casa y eso se notaba en la expectación general que había por ver su última película en el Festival, tras el paso triunfal de Loreak y Handia en ediciones anteriores. Con un proyecto más ambicioso, los directores Jon Garaño, Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga demuestran que lo importante, por encima de todo es una historia potente, bien contada y con buenos instrumentos humanos y técnicos para contarla. Y La trinchera infinita tiene eso y mucho más. Cuando la persecución política de los defensores de la Segunda República llega a los pueblos más recónditos de España y empiezan las desapariciones sin juicio de todos aquellos que no quisieron colaborar con el alzamiento militar de Franco, Higinio huye por los campos de una pareja de soldados nacionales tras la delación de un vecino. Tras lograr volver a su casa, él y su mujer deciden que lo mejor es que se esconda en un hueco creado a tal efecto por lo menos hasta que pase la guerra y vuelva la normalidad republicana. Pero esta no vuelve, y algo que parecía temporar se convierte en un periodo de 33 años en los que Higinio ha convertido el zulo de su casa y posteriormente uno en la de su padre en su hogar, a espaldas de la vida cotidiana y de la historia y con el único enlace de su mujer y, con los años, de su hijo. Y con el relato de este topo, Garaño, Arregi y Goenaga elaboran una claustrofóbica metáfora sobre la oscuridad, sobre la ceguera hacia el presente y ante la vida y sobre el dolor, la soledad, la angustia y la paranoia que producen, y también sobre cómo el amor arroja esperanza, pero también genera sensaciones más extremas como el abandono y la desesperación cuando no lo puedes disfrutar plenamente.

Para contar todo esto, Garaño, Arregi y Goenaga se sirven de dos instrumentos fundamentales: sus dos protagonistas. Si bien Antonio de la Torre en el papel de Higinio cumple, y revela en sus propias carnes todos los estados por los que pasa el hombre encerrado durante 30 años con la única compañía de un libro de Salgari y un candil, Belén Cuesta, que es Rosa, su mujer y su enlace con la realidad, brilla y emociona, se desgarra y se desnuda ante el espectador, llevando sobre sus espaldas una vida de ficción ante sus vecinos, la imposibilidad de una vida familiar ordinaria y el peso de mantener a su hombre a salvo y con salud. Y mientras el mundo fuera ha llegado a un punto de normalidad y de paz, su lucha continúa hasta que, por fin, puede salir de su escondite.

El resultado es una película necesariamente claustrofóbica y angustiosa, rodada con brío en las escenas de acción y con la cámara siempre muy cerca de los protagonistas. Cobra gran valor la fotografía y el manejo del fuera de campo, apoyando más esa sensación de aislamiento y ceguera. También juegan a su favor un diseño de producción perfecto y un uso de la preciosa música de Pascal Gaigne, si bien, no es tan memorable como en el caso de Handia, acompaña e ilumina esta esplendorosa película que sin duda es de lo mejor de este año y seguramente recibirá recompensa en el palmarés.

Dentro de la Sección Oficial también hemos podido ver la mexicana Mano de obra, de David Zonana, un drama social sobre cómo la muerte de un albañil en una construcción desencadena una especie de revolución de los obreros maltratados, malpagados y sometidos. Tras la muerte del ricachón que les ha contratado para hacer la casa, la cuadrilla de albañiles decide tomar posesión de la mansión a medio construir y entre todos y sus familias forman una especie de comuna okupa con la esperanza de que ante la ausencia de herederos y con la ayuda de un abogado algún día esa casa sea suya. Es una lástima que la película se vea impregnada en su resolución por cierto tufillo clasista: las rencillas entre ellos les llevan a traicionarse y a fracasar.

La alemana Das Vorspiel (La audición) es un drama familiar en el que una profesora de violín se concentra tanto en el progreso de un alumno brillante que se olvida de su propia familia. Ve en él al gran violinista que ella no pudo ser por miedo y deja de lado a su hijo, que también toca el violín y que hace lo que sea por llamar su atención, sin lograrlo. Solo cuando se quita de enmedio al alumno de su madre, ella le hace caso. La película de Ina Weisse es una reflexión sobre el fracaso y el esfuerzo, y sobre la madurez y las relaciones familiares, con una buena interpretación de Nina Hoss como madre y profesora.

Para terminar, la kazaja A Dark Dark Man, de Adilkhan Yerzhanov, es un thriller que se desarrolla en Kazajistán, en una sociedad de matones de tres al cuarto y policías corruptos. La policía local quiere cerrar el asesinato de un niño lo antes posible, cargándole el muerto a un discapacitado intelectual que confiesa por una tableta de chocolate. Pero la llegada de una periodista de la ciudad obliga al detective encargado a llevar a cabo una investigación según el procedimiento, lo que desencadena el cabreo y la reacción violenta de las fuerzas ocultas de la región. A Dark Dark Man es una película violenta y árida que se regodea en los planos amplios de la estepa kazaja y los campos de maíz, punteada por momentos humorísticos absurdos e ingenuos que dan alivio al espectador ante el inclemente panorama.