
Parecía evidente que Daniel Monzón había encontrado petróleo al llevar a la gran pantalla una historia sobre el Patronato de Protección a la Mujer, un yacimiento poco explotado por el cine español. El organismo, que estuvo activo buena parte del siglo XX, fue especialmente empleado por el Franquismo como maquinaria represiva contra las féminas que se apartaban del camino marcado.
Monzón y su guionista de cabecera, Jorge Guerricaechevarría, nos abren la puerta de un reformatorio madrileño de 1974 (pues la institución estuvo abierta pasada la Transición, concretamente hasta 1985, como tantos otros rescoldos de la dictadura), y uno espera encontrar el decálogo que el Régimen había escrito para la mujer como dios manda. Lo que nos encontramos es una película carcelaria femenina bastante clásica y, por qué no decirlo, tópica.
Efectivamente, asistimos detalladamente a trabajos forzados para las internas, mucha misa, maltrato psicológico y físico… sin embargo el adoctrinamiento profundo que debieron sufrir estas mujeres, para uno el meollo de la cuestión, resulta secundario. Monzón apuesta por una versión femenina de las partes más obvias de ‘Celda 211’ y se regodea en la figura arquetípica del alcaide, en este caso una Adelfa Calvo que interpreta a una directora mala de postal (efectivamente las monjas y los curan eran tan terribles como decían parecen repetirnos una y otra vez), que ahonda en el estereotipo de la lesbiana perversa. Dedica la mayor parte del metraje a profundizar en la fantasía de la evasión y la sororidad de las internas, algo inevitable ante tanta adversidad, que podría haber ocurrido en cualquier circunstancia histórica.
A pocos minutos del arranque uno empieza adivinar que se trata de una oportunidad perdida y que hubiera sido deseable incluir en el equipo de escritura una mirada femenina. Esto no resta ni un ápice a la tradicional solvencia de Monzón como realizador y a una casting femenino inspirado, especialmente las dos jóvenes protagonistas: Zoe Bonafuente y Bea Segura.


