Se enviará la contraseña a tu correo electrónico.

Rodrigo Sorogoyen abre Madre con un plano estático de una playa desierta e inhóspita. El mar está embravecido y el cielo encapotado, conformando así una imagen turbadora que se corta bruscamente para trasladarnos al interior de una casa.

Este espacio cerrado en donde se desarrollará la totalidad de la trama se halla cálidamente iluminado y la escenografía escogida ayuda a crear, a priori, una imagen de sosiego y cotidianidad. Esta aparente normalidad reflejada en un espacio teatral en donde madre e hija transitan ante los ojos del espectador irá cambiando radicalmente a partir de una serie de recursos que ayudarán a tensionar la historia.

El principal elemento visual desestabilizador es el uso de un único plano secuencia, con ese recorrido continuo por las diferentes habitaciones de la casa y en el que cada gesto y mirada recogido por la lente en gran angular ayuda a subrayar una tensión in crescendo. Por suerte, este gran acierto de Sorogoyen se ve apoyado a nivel narrativo a través de diálogos construidos con una precisión milimétrica. Así, desde el momento en el que la madre recibe la llamada de su hijo, imagen y palabra se apoyan mutuamente para que la escalada no decaiga y el permanente vaivén de la cámara ayuda a que nos sintamos partícipes en primera persona.

Sorogoyen consigue trazar 18 minutos de genuina intensidad sin caer en efectismo alguno y evidenciando un vasto conocimento de los códigos del suspense clásico. El hecho de que el realizador nos encierre en ese piso de paredes menguantes consigue retrotraernos a clásicos del género como La semilla del diablo de Polanski o El ángel exterminador de Buñuel, en donde la angustia devenía finalmente en tragedia. Estos ecos clásicos se extienden asimismo al trabajo actoral, con un dúo protagonista totalmente entregado y que triunfa al no caer en ningún momento en el histrionismo o la impostura, tan de moda en la mayoría de los thrillers actuales.

En un ámbito que adolece tristemente en los últimos tiempos de cierta inmovilidad, la aparición de una pieza como Madre constituye un soplo de aire fresco que rescata además todas las virtudes de un género cuya edad dorada echamos de menos. Por todo ello, decir que Madre merece el Oscar al mejor cortometraje no supone un acto de chovinismo, sino de justicia poética.

> Oscatlón 2019: Mejor cortometraje de animación

> Españoles que han competido por un Oscar