Hemos enviado la contraseña a su correo electrónico.

Penúltima jornada del Festival de Málaga en la que su sección oficial ha viajado de lo peor a lo mejor con El futuro ya no es lo que era, un desastre protagonizado por Dani Rovira; y Kóblic, una suerte de western argentino con inversión española protagonizado por Ricardo Darín.

Antes de El futuro ya no es lo que era Pedro Barbero sólo tiene otro crédito como director de cine: Tuno negro (2001). 15 años después regresa a la pantalla grande con un intento de comedia familiar que reúne un reparto casi infalible: Dani Rovira, Carmen Maura, Carolina Bang, José Corbacho, Yolanda Ramos… Cuenta la historia de un hombre que trabaja como futurólogo de televisión en medio de una gran crisis personal (divorcio, madre moribunda, hijos que le ignoran…). Todo excusas para plantear momentos que deberían ser divertidos y que se recibían con el sepulcral silencio de la platea del Cervantes.

Todo está mal en El futuro ya no es lo que era: la narración con una constante voz en off que hace reflexiones pretendidamente agudas sobre el futuro y sólo dan para hacer pegatinas, la falta de un hilo conductor coherente, la incapacidad –del guión o de los actores– de crear risas y lo rancio de su discurso. El colmo es el tufillo homófobo camuflado con el siempre sospechoso “tengo un hijo gay y lo respeto”.

En definitiva, un desastre que sólo se justificaría por la presencia estelar de Dani Rovira en la alfombra roja del festival de su ciudad. Pues ni eso, porque según la versión oficial el actor no ha acudido por un compromiso anterior con un proyecto benéfico.

Tampoco hemos visto por aquí a Ricardo Darín, protagonista de la segunda cinta en competición hoy: Kóblic, del argentino Sebastián Borensztein (Un cuento chino), que retrata a un piloto de uno de los vuelos de la muerte de Videla que huye con sus remordimientos a un pueblo perdido de la Pampa. En ese escenario Borensztein localiza un thriller que bien podría ser un western con su sheriff perverso y la joven enamorada (una Inma Cuesta con sorprendente acento argentino).

Lo curioso de Kóblic es que en vez de profundizar en la terrible memoria de los vuelos de la muerte, opta por contar una historia policiaca con pulso firme y sin prisas, en la que Darín hace uno de sus trabajos más comedidos y que ofrece una hora y media de suspense garantizado. No es poco.