Dexter
Con esta cita del Travis Bickle de Taxi Driver quiero arrancar esta entrada sobre una de las mejores series estadounidenses del momento que, por fin, está siendo reconocida por la industria en las entregas de premios. Me refiero a Dexter, el programa de Showtime estrenado en el 2006 e interpretado brillantemente por Michael C. Hall, que da vida a ese curioso, complicado y poliédrico personaje llamado Dexter Morgan.

Basada en las novelas de Jeff Lindsay, Dexter es el retrato de un forense de Miami con una doble vida y un impulso irrefrenable: matar. Pero afortunadamente su padre, policía local, supo advertir las tendencias asesinas del niño a tiempo y pudo reconducirlas a través de una serie de normas hacia algo constructivo: liquidar únicamente a las personas que se lo merecen, violadores y asesinos que son absueltos por un sistema judicial ineficaz.

De entrada Dexter plantea al espectador un dilema moral muy interesante. ¿Cómo puedo empatizar con un personaje protagonista que es un asesino, a pesar de que sus actos están en parte justificados? Los serial-killers habían sido hasta ahora los personajes perturbados perseguidos por los héroes protagonistas, y aquí radica el primer gran acierto de la serie, esa vuelta de tuerca en la que nos ponemos de lado del verdugo, entendiéndole, aceptándole y no juzgándole.

Y para lograr esa aceptación los guionistas nos sumergen en esa doble vida, en el juego que mantiene Dexter Morgan con todos sus semejantes, interpretando el papel del buen ciudadano. Conocemos a sus compañeros de trabajo, a su hermana, a su novia, y somos partícipes de esa simulación con la que tiene a todos engañados. Al principio. Porque cada temporada de la serie (y van 4) va marcando una serie de pasos a través de los cuales nuestro protagonista quiere ser aceptado socialmente como es, aunque nunca termine de atreverse. En muchos momentos es como si quisiera “salir del armario” con sus seres queridos, dejarles ver el monstruo que hay en su interior, abrirse a alguien.

Al principio Dexter es un ser frío, sin emociones, un actor-vampiro que chupa los sentimientos de la gente que ve a su alrededor y los hace suyos para crear esa máscara que le permita mantener su estilo de vida sin ser descubierto. Pero el ser humano es un animal social por naturaleza y, al crear esa fachada, esas relaciones con sus semejantes, crea vínculos y sus murallas se empiezan a desmoronar con consecuencias imprevisibles.

Cada temporada de Dexter, de 12 episodios cada una, tiene una trama que se puede seguir de forma casi independiente, en forma de caso o misterio que resolver. Pero el otro gran acierto es cómo cada temporada tiene también un tema relacionado con el desarrollo psicológico del protagonista. La primera habla de los lazos fraternales y la aceptación; la segunda (la más floja), de las relaciones sentimentales; la tercera, de la amistad, y la cuarta (y última hasta ahora), de las responsabilidades como padre de familia. Cada paso que va dando Dexter en pos de su desarrollo personal, conlleva varios conflictos que debe ir superando.

Por desgracia, no todo es bueno en la serie. Hay un gran desequilibrio con las tramas secundarias, que en muchos momentos carecen de importancia. Las historias de sus compañeros de trabajo Laguerta, Batista y Masuka sirven como contrapunto de normalidad ante los retos introspectivos de nuestro protagonista, pero no son más que relleno. El único personaje con entidad y garra es el de Debra, la hermana de Dexter, interpretada por la esposa en la vida real de Hall, Jennifer Carpenter, que también evoluciona notablemente como personaje. Merecen una mención aparte la música de Daniel Licht ,con un tema principal de cuerda de lo más inquietante, y los maravillosos créditos iniciales, clásico instantáneo desde la primera emisión.

Dexter no es una serie redonda, tiene sus altibajos y estuve a punto de abandonarla al final de la mediocre segunda temporada. Afortunadamente no lo hice y disfruté con las infinitamente mejores tercera y cuarta, que contaron además con las excelentes aportaciones de Jimmy Smits y John Lithgow (ganador del Globo de Oro este año, al igual que Hall). Dexter sirve como entretenimiento policiaco, pero verdaderamente funciona como análisis psicológico de un personaje lleno de aristas ofrecido desde un punto de vista que hasta ahora nadie se había atrevido a abordar en televisión.