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Noviembre de 2014. Una señora pelirroja de 94 años cruza, en silla de ruedas y entre flashes,  la alfombra roja de los Premios Governors Ball de Hollywood. Pocos minutos después, la misma mujer, entre asombrada e incrédula, sale al escenario del teatro, en mitad de una clamorosa ovación. Nada menos que Clint Eastwood y Liam Neeson le entregan un Oscar. «Espero que sea de plata o de oro y no algo sacado de la cocina», asegura ella en tono burlesco. Para ese momento, el telespectador más joven que contempla la entrega de premios desde el confort de su casa, ya sabe que esa anciana se llama Maureen O’Hara y sospecha que el mal humor que destila cuando los organizadores del evento interrumpen su discurso de agradecimiento de forma brusca tiene que haber marcado también la vida profesional y personal de esa pelirroja indómita. No se equivoca.

Academy Of Motion Picture Arts And Sciences' 2014 Governors Awards - Show

Desde pequeña, la palabra que mejor definió a Maureen fue ‘fuerza’. Nacida en la Irlanda de los años 20, la joven destacó en los deportes y siguió la estela familiar cantando ópera como hacía su madre. Su carrera como actriz llegó por casualidad cuando, a raíz de un casting fallido, Charles Laughton la vio y la quiso para que coprotagonizase su Posada Jamaica. Nada importaba que el director de la película no fuese él sino Alfred Hitchcock. El orondo actor, que casi acaba a puñetazos con el mítico ‘mago del suspense’, cambió las ya habituales rubias de su cine por una pelirroja. La jugada le salió bien tanto a Laughton como a Maureen. Poco tiempo después, ambos ponían rumbo a Hollywood para rodar Esmeralda la zíngara, la película que la convertiría a ella en la gitana de la que se enamora el jorobado de Notre Dame. El resultado, un gran éxito que la encaminó hacia empresas laborales de mayor enjundia.

Aunque durante los años 40 Maureen O’Hara no fue más que la reina del Technicolor para muchos directores, John Ford supo ver en ella algo especial. Pese a la fuerza que acabaría demostrando en cintas suyas como Río Grande o El hombre tranquilo, O’ Hara comenzó siendo para Ford la dulce hermana mayor del protagonista de ¡Qué verde era mi valle! La película tuvo tanto éxito, refrendado por el Oscar a la mejor película de 1941, que la Fox acabó comprando el contrato que la actriz tenía con la RKO. Cuenta la leyenda que Maureen conoció al que sería su media naranja profesional, John Wayne, durante una de las peores borracheras de este. La joven actriz acompañó al legendario vaquero de La diligencia a su casa mientras él daba tumbos durante todo el camino. Él siempre se lo agradeció y la consideró un ‘amigo’ más, como si se tratase de otro pistolero de ‘saloon’ con el que podía compartir juergas y confidencias.

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Aunque nunca la premió, Hollywood supo sacar provecho a la espectacular belleza de O’ Hara en películas como El cisne negro o De ilusión también se vive, que sigue reponiéndose Navidad tras Navidad. Pese a la abundancia de papeles durante los años 40 y 50, la carrera de la actriz vivía una eterna dicotomía entre los personajes de calidad que le daba John Ford y las películas alimenticias en las que los espectadores podían verla con toda la majestuosidad irreal que desprendía el Technicolor de la época.

En lo personal, Maureen era igual de ‘fiera’ que en la gran pantalla. En 1957, una revista sensacionalista osó decir que había sido vista con un amante en el teatro y en una situación embarazosa. La insinuación de que habían hecho el amor en público fue suficiente para que le actriz demandase a la publicación y demostrase que, ese día, ella se encontraba, precisamente, en España. Fue la primera famosa en ganar la batalla contra uno de estos medios, hoy tan prolíficos y omnipresentes. Casada en dos ocasiones, jamás volvió a dar que hablar en los mentideros del corazón.

La misma energía que tuvo para defenderse ante aquella revista fue la mostró hace apenas unos días al recoger ese Oscar que parecía no llegar nunca. Terenci Moix la llamó una vez  la ‘odalisca de Ford’, adjetivo de connotaciones históricas y mitológicas que le venía al pelo. Décadas más tarde, habría que añadirle el de ‘oscarizada’ ya que, por fin, la dorada estatuilla premia a esta, una de las pocas mujeres que supo plantar cara a todo el mundo: desde  John Wayne a Hollywood y hasta el mismísimo realizador de los Premios Governor a sus ajados 94 años. Una fierecilla que nunca será domada. Que nadie pare a Doña Maureen O’ Hara.