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Es inevitable que los festivales sean para cinéfilos y que, más tarde o más temprano, haya contenidos que a los cinéfilos les agradan especialmente. Ya hemos visto en este San Sebastián Lumière! Comienza la aventura en el que Thierry Frémaux, el director del Festival de Cannes, comenta un centenar de cortos de los hermanos creadores -inventores se les queda corto- del cinematógrafo. Pues bien, hoy dos cintas de sección oficial a concurso escarban en el mundo del séptimo arte: The Disaster Artist, dirigida por James Franco sobre el rodaje de una obra cumbre del despropósito; y Le lion est mort ce soir, de Nobuhiro Suwa, que un viejo actor se reencuentra con el amor por el cine rodando con un grupo de niños.

Es inevitable pensar en el Ed Wood de Tim Burton al acercarse a The Disaster Artist, pero aunque ambas partan de una premisa similar, el resultado es bien diferente. La cinta de Franco para empezar es una comedia desternillante, rodada con mucha menos nostalgia que la de Burton pero con la misma fascinación. El actor y director interpreta a Tommy Wiseau, un excéntrico personaje que se lanza al rodaje de su primera película con una chequera sin fondo y un absoluto desconocimiento del lenguaje cinematográfico. El resultado de aquel rodaje fue The Room, para la que se reclama el título de la peor película de historia. Lo cierto es que esa posición tiene muchas novias, pero quienes la han visto aseguran que va sobrada de méritos.

Franco es uno de sus muchos admiradores, que celebran la película en sesiones golfas sólo comparables a las de The Rocky Horror Picture Show en las que el público se viste como los personajes y corea las absurdas frases del guión. Hay mucho de eso en The Disaster Artist, de recrear como un calco escenas del original. El juego es fascinante. El cine está construido de instantes que en realidad nunca ocurrieron tan cual sino que, en realidad, son la combinación de muchos otros instantes. La admiración por ellos lleva a esta necesidad de recrearlos, de tratar de vivirlos en carne propia, una ambición absolutamente inalcanzable pero en la que los fans entran gozosos a jugar.

Y también es una nueva vuelta de tuerca a las películas sobre Hollywood, con su retrato de los sueños imposibles alimentados por la esperanza de que para un grupo muy limitado de personas terminan cumpliéndose, pero también la seguridad de que para la mayoría depara el fracaso o, incluso, la humillación. Y James Franco, con su hermano con Dave como fiel escudero, no tiene ningún rubor en explorarlo hasta las últimas consecuencias, riéndose de la fama, de los que la buscan y de los que la alcanzan, de los demás y de sí mismo, sin pudor a mostrar sus vergüenzas en varios sentidos. Por todo ello, The Disaster Artist termina por ser una película deliciosa.

Está a competición. Ojalá el jurado se atreva a incluirla en el palmarés.

Fantasmas de la ilusión

De los 70 a los 80 años son la mejor edad para el hombre porque es la época, no de prepararse para la muerte, sino de encontrarse con su pasado y con ella. Con esta frase dicha casi textualmente por Jean Claude Leaud comienza Le lion est mort ce soir, una carta de amor al cine vía un viejo actor retirado que prepara la que a todas luces es su última película que por azar, cuando va a la casa en la que ha vivido su gran amor Juliette (con cuyo fantasma se encuentra y habla y baila), conoce a un grupo de niños que le proponen rodar allí una cinta de fantasmas.

Jean ve en la ilusión de los niños la ilusión que él una vez tuvo por el cine y por la vida, y les ayuda, y les transmite sus conocimientos. Y nada más, y todo eso. La cinta de Nobuhiro Suwa es un homenaje al cine y al actor Jean Pierre Leaud, que a su vez es, como dice su personaje, “una película muy sencilla y por eso bonita”, llena de humor, de alegría y de ilusión.

Fernando de Luis-Orueta / María Pérez