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La segunda jornada del Festival de San Sebastian ha tenido como temática común la corrupción, política, policial y social en general, con la esperadísima El reino, de Rodrigo Sorogoyen, como cabeza de cartel, completada por la nueva cinta del filipino Brillante Mendoza (Alpha, the Right to Kill) y la primera favorita a la Concha de Oro, Rojo, del argentino Benjamín Naishtat.

Además, ha habido entregas de premios: el Nacional de Cinematografía a Esther García, productora de El Deseo, la compañía de los Almodóvar; y el primer Donostia de esta hornada, a Danny de Vito, acompañado por la olvidable película de animación Smallfoot.

Sorogoyen con su habitual compañera guionista Isabel Peña, ha construido en El Reino una película que sólo se fija en sus personajes (interpretados actores siempre brillantes como Antonio de la Torre, José María Pou, Ana Wagener, Luis Zahera) o Mónica López) sin que les interese construir un caso concreto de corrupción. A brochazos prefieren exponer su galería de mangantes, más o menos inspirados en políticos que todos conocemos, antes que llevar al espectador de viaje por una trama. Y así la cinta llega un momento, superado el interés inicial de observar a esta panda de pájaros, que empieza a salirse de la vía para terminar desembocando en un final fallido. (Lee aquí la crítica completa)

Más compleja e interesante resulta Rojo, en la que Benjamín Naishtat radiografía la sociedad argentina de las semanas previas al golpe de Estado de Videla mediante el viciado ambiente de alguna pequeña ciudad en la que un abogado (sensacional Darío Grandinetti) se ve envuelto en una trifulca de bar que puede cambiar su vida o dejar que continúe totalmente igual, pues así de relativo es todo en una comunidad en la que ya nada importa. Una cinta brillante que a buen seguro encontrará su lugar en el palmarés.  (Lee aquí la crítica completa)

Finalmente, la nueva cinta de Brillante Mendoza, Alpha, the Right to Kill, tiene pocas cosas que le diferencien de la infinidad de películas sobre policías corruptos que ya hemos visto. Su principal interés radica en no retratar un gran caso de corrupción policial sino uno de menudeo, no una banda sino la acción de una manzana podrida. Pero al mismo tiempo Mendoza es suficientemente hábil para plantear una estructura circular, que siempre vuelve a empezar. De manera que de caso asilado nada.   (Lee aquí la crítica completa)