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Ryan Goslin y Claire Foy se han dejado caer por San Sebastián para presentar dentro de la sección Perlas la nueva película de Damien Chazelle, First Man (El primer hombre), una robusta biografía de Neil Armstrong rodada con gran inteligencia y pulso dramático, que ha dividido a la crítica.

Pocos ratos formales hay en First Man de La La Land, la anterior película de Chazelle, aunque si se encuentra con ella y con Whiplash en el retrato de un hombre que pone en riesgo su vida personal para alcanzar su meta profesional. Y de ese conflicto se nutre buena parte de la película, interesada sobre todo por el astronauta en su faceta de hombre corriente, padre dolorido por la muerte prematura de una hija, padre misterioso para sus hijos menores, y marido egoísta para una mujer que lleva el timón de la familia.

Y cuando Armstrong sale de su casa para protagonizar la carrera espacial, la cinta no vira y continúa siendo un relato personal y humano. Y es aquí donde First Man se hace grande. Chazelle renuncia a la grandilocuencia y el tono heroico para fijarse en el coste humano, en los fracasos que glosan el triunfo, en las vidas sacrificadas en el altar del bien mayor.

La cámara sigue a Armstrong y a sus compañeros dentro de los cohetes, nos enseña que más allá del estruendo y la ignición había un paquebote remachado por tornillos que tronaba como si fuera a estallar en mil pedazos, dotado de un sistema de navegación en las antípodas de lo que imaginamos el cuadro de mandos de una nave espacial y en el que la suerte contaba tanto o más que la pericia.

Chazelle se echa en manos de la historia que cuenta con la confianza de un realizador consagrado. Apuesta a un ritmo narrativo muchas veces pausado y renuncia a la tentación de emular las imágenes que todo el mundo tiene previamente en la retina sino que trabaja por explicar cómo se ha llegado a ellas. First Man es una obra mayor.

Surrealismo al poder

En sección oficial pero fuera de concurso hemos podido ver otro de los platos fuertes del cine español este año: el regreso de José Luis Cuerda al universo de Amanece que no es poco con Tiempo después, una sátira gamberra sobre esta sociedad que habitamos. Con un reparto de campanillas y un par de viejos conocidos (Luis Rellán y Gabino Diego) Cuerda nos hace reír con ganas, al tiempo que su reflexión es capaz de helar la mayor carcajada. Brillante.  (Lee aquí la crítica completa)

También podría decirse que el surrealismo inunda la nueva película de Peter Strickland, In Fabric, aunque lo suyo es más bien un remedo del exploitation sesentero o del cine de Jess Franco. En esta sátira levantada contra el consumismo voraz, el hambre la tiene aquí un vestido rojo que va destruyendo a sus compradores. Una película redonda en sus ambiciones, pero cuerpo extraño para la competición oficial de un Festival como este.

Surrealista fue también la acogida de parte del público a Le cahier noir, de Valeria Sarmiento, que no hace nada por traducir una novela del romanticismo portugués al público del siglo XXI. Sus amores extremos, tramas imposibles y personajes al borde del abismo parecen hoy grotescos y un tanto ridículos. Una lástima  (Lee aquí la crítica completa)

El público tampoco ha sido muy benévolo con Beautiful Boy, la primera película americana de Felix van Groeningen en la que Steve Carrell interpreta a un padre entregado a entender la drogadicción de su hijo Timothée Chalamet. Pero la cinta se pasa de didáctica y termina por darse la vuelta hasta romantizar lo que critica. (Lee aquí la crítica completa)