
Siempre ponemos todas nuestras esperanzas en que el cine japonés venga a despertar nuestros sentidos y con toda la razón. Muyou no hito (En la habitación de mi padre), la primera película de la escritora y Maha Harada, incluida en la Sección Oficial de este 74º Festival de San Sebastián, nos ha zarandeado con un hermosísimo drama lleno de imágenes evocadoras y atemporales con las que nos susurra sobre la importancia de la herencia emocional y sobre la huella que dejamos en los demás, aunque creamos que nuestra existencia pasa desapercibida. Y cuando alguien susurra, no nos queda más remedio que aguzar el oído y volcar toda nuestra atención.
Una treintañera culta, taciturna y tendente a la introspección trabaja como vigilante de sala en un museo de arte moderno en Osaka. Un día recibe una carta de su padre, recientemente fallecido y con el que lleva mucho tiempo sin convivir, con una llave. A partir de ese momento empezará un proceso de descubrimiento de su padre, poeta, que sobrevivía a base de trabajos temporales, que le llevará a una tienda de antigüedades y a descubrir también cosas sobre ella misma.
Harada habla con imágenes y confía completamente en ellas, en su expresividad, para transmitir la importancia de las cosas más sencillas, de la pausa y de conceder a todo el tiempo necesario para que se desarrolle y alcance su plenitud. La ceremonia del té es central en la película como una tradición que une generaciones y que obliga a un ritmo preciso y pausado. Y es también una conexión con el prójimo, al que se presenta el cuenco de té preparado o que presencia este rito ancestral. También el arte (la pintura, la poesía) ejerce esta función, como un conocimiento que se tiene que traspasar, y ese traspaso es también la conexión entre generaciones y entre personas.
Mediante diálogos sobrios, planos largos, armónicos y cuidadísimos y un estudio de personajes detallado que se refleja muy bien en el vestuario y en la expresión corporal -mención especial al personaje de la madre, contrapunto ruidoso y bombástico que queda perfectamente definido en una sola escena-, con uso del flashback a momentos de la vida familiar cuando la protagonista era adolescente y de la voz en off que lee los bellos poemas del padre sobre la vida, el tiempo o la naturaleza, mientras suena una versión al piano de Oh, mio babbino caro, de la ópera Gianni Schicchi de Puccini, Muyou no hito desacelera el ritmo cardiaco y cerebral y obliga a detenerse y escuchar. Y eso es francamente difícil y de muy alto valor.


