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CRÍTICA: 'Noche y día', la risa por el despropósito

Tan sólo seis meses después de su accidentado rodaje en Sevilla y Cádiz llega a los cines Noche y día, la película de James Mangold en la que Tom Cruise vuelve a meterse en la piel de un héroe de acción y Cameron Díaz en la de la rubia deseada. Hasta aquí las coincidencias con otras cintas, porque en ésta nada va en serio. Más bien es todo una juerga, un despropósito buscado, una película que invita al espectador a divertirse con el desastre cinematográfico.

James Mangold está mantiendo una carrera de lo más singular. La primera vez que nos fijamos en él fue con su segunda cinta, Copland, aquel intenso thriller de policías corruptos en Nueva Jersey en el que fue capaz de reunir a Robert DeNiro con Sylvester Stallone. Después dio un bandazo para rodar Inocencia interrumpida, el dramón sobre la estancia en un psiquiátrico de una joven escritora, que supuso el Oscar para Angelina Jolie. Pero es que después filmó Kate & Leopold, al servicio de la reina de la comedia romántica, Meg Ryan, a la que acompañaba Hugh Jackman y una simpática fantasía de viajes en el tiempo. De regreso al thriller abordó Identity, con asesinatos en un hotel aislado del mundo. Sus siguientes pasos fueron entonces En la cuerda floja, el biopic de Johnny Cash que trajo el Oscar de Reese Witherspoon, y el western 3:10 to Yuma, (!) sólido remake de un clásico del género. Total, que parece que Mangold sabe darle bastante bien a todos los palos.

Algo de su buen hacer anterior hay en Noche y día, sólo que vuelto del revés. Aquí ni Mangold ni niguno de los involucrados en la película se lo han tomado en serio. Pero, lejos de ser un defecto, es ésa la mejor –quizá única- virtud de la cinta. A un lado y otro de la pantalla, Noche y día debe ser entendida como un pitorreo, un grupo de gente de ha estado metida en películas de acción que se lo tomaban muy en serio y que se desquitan aquí riéndose de sí mismos.

Tom Cruise hace una versión de su Ethan Hunt (Mission: Impossible) llevado al extreno, una especie de James Bond convertido en chulo americano, capaz de flirtear con la rubia mientras golpea, dispara, salva sus vidas una y otra vez. Si 007 no se despeina ni atravesando paredes con un tanque, Roy Miller nunca deja de ser el cachitas de sonrisa inmaculada cuyo objetivo prioritario es la seducción. Cruise empieza a no tener edad para ese papel y, por momentos, eso también forma parte del juego –aunque en otros, en este esquema nada lógico que sigue toda la película, aparece embellecido y rejuvenecido hasta límites insospechados-. Consecuentemente, el salto de rácor es parte natural de la narración, así que la cinta queda vedada –o especialmente recomendada- para cazagoofs.

Poco importa la trama: el tamaño del McGuffin es sólo comparable al de M:I 3, aunque aquel permanece imbatido por obra y gracia del atrevido talento de J.J. Abrams. Aquí es una pila de potencia simpar que ha inventado un chaval superdotado. Da un poco igual, es simplemente la excusa para corretear de acá para allá, plantear escenas de acción inverosímil y viajar por el mundo en avión, tren o barco. Es aquí donde entran los tan comentados sanfermines de Sevilla. No parece creíble que haya sido un error involuntario después de las fallas andaluzas en otra cinta del propio Cruise. Más bien es error buscado, un anuncio de intenciones o, más bien –ya que se produce bien entrada la película-, la reafirmación de que todo lo que estamos viendo es una gran juerga iconoclasta.

La desfachatez de sus autores llega hasta el punto de marcarse varias elipsis para escapar de otros tantos callejones sin salida. A Mangold le da igual cómo nuestro héroe se haya deshecho de las cuerdas que le sujetaban boca abajo en una habitación vacía o cómo haya salido vivo de una emboscada en la que decenas de paramilitares les han rodeado en un almacén. Si al espectador sí le importa, saldrá totalmente defraudado de la película. Si, por el contrario, entiende el chiste, pasará uno de los ratos más divertidos del cine de este verano.