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20100419aA la cuarta ha llegado la vencida. Bon appetit, Una historia de amigos que se besan, de David Pinillos, es un película sin grandes intenciones que logra divertir y emocionar con frescura y sencillez. En cambio, Propios y extraños ha sido calificada por su realizador, Manolo González, de “fallida” y  desgraciadamente cuesta contradecirle.

En Bon appétit Unax Ugalde incorpora a un joven y ambicioso chef español que acaba de conseguir trabajo en un prestigioso restaurante de Zúrich. Allí conoce a Hugo (Giulio Berruti), el jefe de cocina, y Hanna (Nora Tschirner), la sumiller, con quienes entabla una gran amistad que le sirve para dejar atrás toda su vida anterior. Pronto se sabrá enamorado de Hanna, pero no será fácil porque descubre que es la amante del chef.

La película se mueve por la senda que antiguamente recorría el cine romántico (“Esto no es Tu y yo, ha advertido con acierto Pinillos) y que ahora empiezan a ocupar películas que abordan las relaciones románticas con más realismo y menos violines. En vez de los acordes melosos de Hugo Freidhofer entra Sigur Rós y a cambio de recrear un amor correspondido, se fija en sentimientos igualmente profundos pero desiguales. En este sentido, podría decirse que Bon appetit es la versión mejorada de 500 días jutos: si en esta sólo se nos ofrecía el punto de vista del chico enamorado, ahora el planteamiento es global, retratando la montaña rusa sentimental de ambas partes.

Pinillos, que debuta aquí como director y guionista, ha sido primero montador (8 citas, La vergüenza, Gordos) y eso se nota en el espléndido pulso de la narración. Pero es también un hombre sensible y de buen gusto, virtudes de las que se contagia su película. Los actores están todos impecables y en el caso de Nora Tschirner, una actriz muy popular en Alemania, extraodinaria. Entre ella y Ugalde hay una química envidiable, su amigo Berruti es un hallazgo de belleza y buen hacer y las apariciones fugaces de Elena Irureta y Xenia Tostado (madre y ex novia del protagonista) deparan dos de las mejores secuencias de la cinta.

Aún así, Bon appétit no es una película importante sino un pequeño largometraje sincero y emotivo cuyo director no ha pretendido hacer de ella más que eso. Su aire jovial –no en vano el propio título tiene algo de alegría de vivir- y sin pretensiones se agradece profundamente en un entorno de cintas ampulosas que aspiran a alcanzar la gran verdad sobre el alma humana. Ésta, desde su pequeña anécdota y simpatía, se acerca a semejante reto mucho más que todos los que se lo proponen a su alrededor.

Algo de eso es, precisamente, el problema de Propios y extraños, también primera película de Manolo González por la que desfilan nada menos que 70 personajes cuyo principal nexo de unión es un programa de radio tipo Hablar por hablar. Pese a sus innegables buenas intenciones, a González se le escapa la idea de las manos. No sólo por la inmensa cantidad de situaciones que plantea sino también porque, a pesar de ello, algunas propuestas se repiten (por ejemplo, dos de sus historias principales giran entorno a sendos chantajes.).

Pero hay más problemas: los actores no están todos acertados a la hora de componer personajes de los que no se sabe casi nada. Elena Ballesteros incorpora sin chicha a la protagonista de la historia principal, una española que estudia en Argentina que se prostituye para mantenerse cuyo mejor cliente resulta ser el padre de su novio cuyo mejor amigo la chulea y amenaza y que pese a todo no puede salir del círculo porque es ninfómana; ah, también se dice algo de que su padre en España fue secuestrado, pero tanta información en tan corto espacio de tiempo ya es difícil de retener. Es sólo un ejemplo de cómo la ambición por plantear tantos temas y tocar tantos palos echa a peder la narración. Y es cronista lo siente sinceramente, porque la película se percibe bienintencionada y hecha con cariño. Ojalá hubiera llegado a mejor puerto.