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Drew Barrymore caracterizada como Edith Beale, a la izquierda

A la izquierda, Drew Barrymore caracterizada como Edith Beale (a la derecha).

Protagonizado por Jessica Lange y Drew Barrymore, Grey Gardens
cuenta la historia de la tía y la prima de Jacike Kennedy, que vivían
rodeadas de basura en las ruinas de lo que un día fue la mansión de
verano de los Bouvier, la realeza de EE UU. Este esperadísimo telefim,
en el que HBO ha trabajado durante casi dos años, promete acumular
halagos y premios en los próximos meses.

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Extracto de un reportaje sobre Grey Gardens en la revista Citizen K:

(…) Edith Bouvier Beale, nacida en 1917, llegó a ser la joven más deseada de Estados Unidos. Body Beautiful Beale, la apodaban. Paul Getty, Howard Hughes y Joe Kennedy la cortejaron. Vivía con su madre, la primogénita de los Bouvier, la realeza de América, en Grey Gardens, una mansión de 28 habitaciones en los Hamptons, la elegante zona de verano al norte de Nueva York. El padre, ausente la mayor parte del tiempo, terminó abandonándolas por una jovencita.

No fue el único en hacerlo: a la muerte del abuelo Bouvier, el tío Jack, corredor de bolsa y padre de Jackie, quedó al cargo de la fortuna familiar. Fuera por desmano o por mala fe, a Grey Gardens llegaban unos escasos 300 dólares mensuales. Big Edie se vio obligada a vender, pieza a pieza, todo lo de valor que había en la casa, desde las joyas hasta los muebles.

Tampoco se quedó a su lado George Gould Strong, el pianista que Big Edie –como llamaban a la madre para distinguirla de la hija- tenía bajo su protección y con quien pasaba horas y horas tomando clases de música. No había fiesta en Grey Gardens que no incluyera un pequeño concierto de su anfitriona. Incluso grabaron juntos varios discos que sonaban frecuentemente en la mansión.

También desaparecieron todos los pretendientes de Little Edie: unos, asustados por el estrafalario comportamiento de madre e hija; otros, ahuyentados por Big Edie a quien nunca le parecían lo suficientemente ricos o los suficientemente bien situado. Y seguramente lambíen porque todos ellos se hubieran llevado a su pequeña lejos de Grey Gardens.

Incluso Little Edie trató de desaparecer. Por tres veces dejó los Hamptons para forjarse una carrera como modelo y bailarina en Nueva York, lejos de la omnipresencia de su “mother darling” (madre querida), un apelativo que utilizaba con frecuencia y, pese a todo, con sinceridad. Pero no tuvo éxito en la Gran Manzana y las estrecheces económicas le hicieron regresar a la casa familiar.

Poco a poco, la gran mansión se fue convirtiendo en un despojo, sin apenas muebles, habitada por unas cuantas decenas de gatos, algún que otro mapache, sin agua corriente y colmada de basura. La degradación llegó a tal grado que en 1973 las autoridades sanitarias de la zona, impulsadas por unos vecinos hartos de los malos olores, ordenaron desalojar la casa: la casa de verano de los Bouvier, la casa en la que Jacqueline Kennedy Onassis y su hermana Lee Radziwill, las reinas de la prensa rosa, habían pasado los veranos de su infancia. El escándalo estaba servido. No se ahorraron titulares sobre cómo Jackie O. había abandonado a su tía y a su prima entre latas de paté y todo tipo de desperdicios. La presión popular hizo que finalmente Jackie y Lee se gastaran 32.000 dólares en limpiar y acondicionar la casa, de manera que Big Edie y Little Edie pudieron permanecer allí.

Posiblemente el asunto hubiera caído en el olvido de no ser por los hermanos Albert y David Maysles, dos cineastas que encontraron en estas mujeres el mejor argumento para rodar un documental sin más aditamento que el retrato de su soledad, de sus largos monólogos, de sus reproches y su amargura. Una película que, pese a todo, rezuma belleza y dulzura y que con el tiempo se ha convertido en una pieza de culto. (..)”