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En el principio de los tiempos hubo una nebulosa que dio lugar a un planeta, y ese pequeño planeta, a su vez, vio nacer a un hombre muy especial. Le bautizaron con el nombre de Terrence Malick y el destino quiso que acabase estudiando filosofía. Los caprichosos designios del universo lo acabaron convirtiendo en cineasta. Amante de Heidegger, del trascendentalismo americano y de los mil y un destellos de poesía que la creación ha dejado tras de sí, Malick se propuso filmar todas esas pasiones, filmar la poesía. A lo largo de cuarenta años, desde los primeros 70 hasta la segunda década del siglo XXI, las plasmó en el cine, ese gran invento del siglo anterior que tan felices hizo a los humanos, a lo largo de cinco películas. La última de las cinco, ‘El árbol de la vida’, con una superestrella como Brad Pitt de protagonista, habló al público de lo humano y lo divino, de lo pequeños y triviales que resultan los problemas de una familia norteamericana de los años 50 frente al milagro de la creación, frente a ese Dios presente en cada rincón de la naturaleza. No importa que uno de los hijos de esa familia muera, que el padre sea un músico frustrado que paga con sus hijos viejas rencillas con el decepcionante y aleccionador destino y que otro hijo, ya adulto, sea incapaz de recuperar el asombro de su infancia y de superar el trágico fallecimiento de su hermano. La naturaleza, ese Dios presente en lo bello y ausente en las feas desgracias, sigue prevaleciendo sobre todos ellos, transformando su fragilidad en una tierna y hermosa evocación de infancia.
El público asistente a esa historia trivial y divina osciló entre aquellos que la amaron y aquellos que no pudieron afrontar el encantador manierismo de su director. No era fácil por entonces apreciar un lenguaje cinematográfico contemplativo, a base de recursos como la voz en off, el montaje desigual y sin linealidad narrativa o los fluidos movimientos de una hipnótica steadycam. Tampoco era fácilmente asimilable esa escena grandilocuentemente bella en la que el espectador es testigo del origen del Universo con el ‘Lacrimosa’ de Preisner como gloriosa banda sonora: una mezcla de la ‘Fantasía’ de Disney con la solemne trascendencia del ‘2001’ de Kubrick. Era natural que gran parte de ese público dejase pasar detalles tan significativos como la belleza extrema de cada plano, la simbología de una vela azul que equivale a amargo recuerdo, la mirada de odio registrada en primerísimo plano de un niño que no encuentra a Dios ni razón alguna para seguir sus supuestos dictámenes, la grandeza del dinosaurio que se arrepiente de oprimir al de otra especia o el plano detalle de un faro callejero que se convierte en metáfora del acercamiento o alejamiento a la fe según se mueva la cámara que lo graba.
Quizá, como sugiere esta crítica, estemos en un futuro reconciliador, inmersos en una enorme playa en la que nos hemos reencontrado con nuestros seres queridos y aceptamos por fin nuestro minúsculo papel en el universo dando, simplemente, las gracias por la belleza que nos ha regalado. Quizá en esta playa podemos asumir, junto a aquel público reacio del siglo XXI, que ‘El árbol de la vida’ fue la mejor película de un 2011 lleno de amargos sinsabores humanos que apenas tuvieron o tienen eco en mitad de un universo gigantesco e hiperbólicamente bello.
CALIFICACIÓN: **** 1/2