CRÍTICA: 'Bon appetit' o el hermoso amor inexactamente correspondido

Bon appetit, historias de amigos que se besan, la opera prima del hasta ahora montador David Pinillos, es un película sin grandes intenciones que logra divertir y emocionar con frescura y sencillez. Su planteamiento -un chico y una chica que se quieren, pero no de la misma forma- recuerda al de 500 días juntos, aunque ofrece una visión más completa y, sobre todo, más hermosa.

Unax Ugalde incorpora a un joven y ambicioso chef español que acaba de conseguir trabajo en un prestigioso restaurante de Zúrich. Allí conoce a Hugo (Giulio Berruti), el jefe de cocina, y Hanna (Nora Tschirner), la sumiller, con quienes entabla una gran amistad que le sirve para dejar atrás toda su vida anterior. Pronto se sabrá enamorado de Hanna, pero no será fácil porque descubre que es la amante del chef.

La cinta se mueve por la senda que antiguamente recorría el cine romántico y que ahora empiezan a ocupar películas que abordan las relaciones románticas con más realismo y menos violines. En vez de los acordes melosos de Hugo Freidhofer entra Sigur Rós y a cambio de recrear un amor correspondido, se fija en sentimientos igualmente profundos pero desiguales. En este sentido, podría decirse que Bon appetit es la versión mejorada de 500 días jutos: si en esta sólo se nos ofrecía el punto de vista del chico enamorado, ahora el planteamiento es global, retratando la montaña rusa sentimental de ambas partes.

Pinillos, que debuta aquí como director y guionista, ha sido primero montador (8 citas, La vergüenza, Gordos) y eso se nota en el espléndido pulso de la narración. Pero es también un hombre sensible y de buen gusto, virtudes de las que se contagia su película. Los actores están todos impecables y en el caso de Nora Tschirner, una actriz muy popular en Alemania, extraodinaria. Entre ella y Ugalde hay una química envidiable, su amigo Berruti es un hallazgo de belleza y buen hacer y las apariciones fugaces de Elena Irureta y Xenia Tostado (madre y ex novia del protagonista) deparan dos de las mejores secuencias de la cinta.

Aún así, Bon appétit no es una película importante sino un pequeño largometraje sincero y emotivo cuyo director no ha pretendido hacer de ella más que eso. Su aire jovial –no en vano el propio título tiene algo de alegría de vivir- y sin pretensiones se agradece profundamente en un entorno de cintas ampulosas que aspiran a alcanzar la gran verdad sobre el alma humana. Ésta, desde su pequeña anécdota y simpatía, se acerca a semejante reto mucho más que otras apuesta mucho más grandilocuentes y ambiciosas.

[Nota: Este texto es una versión revisada de la crónica publicada en TÍO OSCAR con motivo de su paso por el Festival de Málaga]