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El despertar de la fuerza, digámoslo desde el principio, es un triunfo. A nadie se le oculta lo delicado de crear la séptima entrega de una saga cinematográfica que calienta el corazón de varias generaciones y cuyo mismísimo creador ya fracasó en varias ocasiones al ampliarla.

(Crítica SIN spoilers)

La principal dificultad que plantea una nueva entrega de Star Wars es que su conjunto, esa idea casi mítica que llamea cuando se pronuncia su título, está muy por encima de las partes que la integran. Aunque el brío de la cinta fundacional perdure intacto y la mayor ambición y complejidad hagan de su segunda entrega una cinta unánimemente admirada, lo cierto es que lo mejor de saga es la savia que la alimenta: esa creación de un universo paralelo, repleto de criaturas fascinantes que habitan en una constelación de planetas y que, como en los cuentos de caballerías, se enfrentan al Mal todopoderoso con sables, compañerismo e ingenio.

No es que George Lucas se traicionara a sí mismo al crear las precuelas pero sí se dejó llevar por el vicio que ya asomaba en el Episodio VI:  la fascinación por crear criaturas infantilizadas y situaciones de trazo grueso, en vez de abundar en el camino de los caballeros andantes, los aventureros y las pasiones familiares entendidas como una ópera trágica. Pese a ello, el Episodio III, la anterior cinta en el sentido cronológico de su estreno, ya supuso una corrección en el rumbo de la saga lanzándose a explorar las zonas oscuras de las pasiones humanas, la tentación, la traición el poder y la ambición, los temas que convierten al fin una obra no sólo en universal sino en eterna.

Por todo ello, la elección del director de este renacer de Star Wars era clave. Y el nombre de J.J. Abrams el único posible. Cinematográficamente es el principal heredero de esa forma de hacer gran cine entendido como espectáculo que desarrolló primero Spielberg y enseguida otros directores como Robert Zemeckis o Ron Howard. Abrams lo expresó literalmente en su tributo al cine de los ochenta Súper 8 pero ya lo había venido haciendo en sus series de televisión (Alias, Perdidos) y en las sagas Misión: Imposible y, sobre todo, Star Trek que hace unos año relanzó dándole la vuelta como un calcetín e impregnándola del espíritu de caballería de Star Wars.

Si antes mencionábamos que Star Wars pivota entorno al enfrentamiento entre el Bien y el Mal, la Luz y el Lado Oscuro, no debe pasarse por alto que Abrams es el creador de una serie que, después de muchas temporadas, vueltas y revueltas, descubrió que ese enfrentamiento era precisamente de lo que estaba hablando: Perdidos, desde el primer episodio, retrataba esa lucha eterna entre las fichas blancas y las negras de un tablero de damas.

Y ahora, por fin, todo confluye. El resultado se llama El despertar de la fuerza y es el séptimo episodio de Star Wars. No es una película hecha para fans sino hecha por un fan. Por tanto, no es una cinta fría, calculada y medida con una trama que busque encajar no sólo en las premisas argumentales de las anteriores entregas sino también en los universos expandidos a través de libros y series de televisión. Nada de eso: borrón y cuenta nueva para dejarse empapar del espíritu de las entregas fundacionales y lanzarse a una aventura tan clásica como vibrante.

Este nuevo Star Wars se parece mucho a la trilogía clásica y ofrece al público el reencuentro con muchos de sus elementos: personajes, situaciones, amistades y pasiones. No desvelaremos ninguno de ellos porque en el descubrimiento personal va buena parte del gozo. Radica aquí su acierto y también su principal debilidad: aunque recibamos con agrado a los nuevos héroes y estemos dispuestos (¡nada menos!) a sustituir a Darth Vader por este nuevo antagonista torturado, esta película defraudará a quienes esperen una reinvención completa de la saga.

Pero sí hay algo nuevo en el Episodio VII. O más que nuevo, ampliado. La anteriores entregas sólo esbozaban lo dramático. Los personajes se tenían cariño, se enamoraban y sufrían, pero el componente trágico estaba más en el tono operístico (la aportación de la música de John Williams en este aspecto es obviamente fundamental) que en la profundidad del planteamiento. Aquí no. Abrams ya lo venía haciendo en muchos de sus trabajos anteriores: su drama no es somero, no son dos adolescentes y un flechazo, es un hombre que se lanza a una misión suicida mientras escucha el parto de su hijo en un intercomunicador, como ocurre en el impresionante arranque de su Star Trek. Aquí, en El despertar de la fuerza, también hay emociones profundas: las de sus protagonistas y las del público. Abrams sabe que la platea está enamorada de sus personajes, que forman parte de su educación sentimental y de sus recuerdos más íntimos. Y lo utiliza. Su Star Wars no es sólo una aventura, es también el reencuentro con los viejos amigos. Y eso siempre revuelve las entrañas.

El despertar de la fuerza
J.J. Abrams remueve las entrañas con 'El despertar de la fuerza'
La séptima entrega de 'Star Wars' es un triunfo al recuperar el tono de las entregas fundacionales y abundar en el componente trágico de su historia
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