Hace ahora 12 años una película cautivó a espectadores de todo el planeta no sólo con su presupuesto desorbitado, sino con una banda sonora capaz de tocar hasta al más cínico, una lujosa recreación histórica, unas imágenes que recurrían al kitsch más fastuoso y unos actores creíbles incluso con los pobres diálogos que salían por su boca. Esa película tenía nombre de trasatlántico tocado por la tragedia y se llamaba “Titanic”, cinta por la que siento una pasión que va más allá de sus muchas e indudables cualidades cinematográficas. Que su director, el autoproclamado “rey del mundo” James Cameron, haya tardado 12 años en volver a hacer una película suponía un plus de excitación ante una nueva obra que se ha anunciado como revolucionaria y capaz de cambiar el curso de la historia del cine. Esta es una verdad a medias. La historia de un ex marine parapléjico enviado al planeta de Pandora para convertirse en un avatar e introducirse en la cultura indígena que la puebla es ciencia ficción asombrosa desde las gafas 3D pero épica ya vista desde un punto de vista argumental.
La gama cromática del planeta imaginario, la sorprendente utilización del “capture emotion” que hace verosímiles a los personajes digitales previamente interpretados por Sam Worthington y Zoe Saldana, y los espectaculares movimientos de cámara tanto de las secuencias de acción como de las más poéticas, suponen todo un avance en cuanto a efectos especiales y tecnología punta. Sin embargo, cualquiera que haya visto “Pocahontas”, “El Nuevo Mundo”o “Bailando con lobos” se dará cuenta de que este cuento ya nos lo habían contado antes. Utilizar las historias de siempre para hacer algo diferente es la base de muchas (las mejores) obras artísticas. La propia “Titanic” no era sino un clásico cuento de hadas épico, con amor y una tragedia final de proporciones bíblicas. Sin embargo, en la que sigue siendo la cinta más taquillera de todos los tiempos, Cameron lograba emocionar y conseguía que el espectador empatizase con sus protagonistas, algo que se echa de menos en este colosal e inflado videojuego. Porque eso es lo que parece en ocasiones.
La absoluta previsibilidad de la historia, incluída su nada creíble parte amorosa, esconde también defectos garrafales como la monolítica interpretación de Worthington, el patético uso de la cámara lenta en situaciones presuntamente dramáticas o una mediocre banda sonora del autoplagiador James Horner. Si a eso le añadimos casi tres horas de duración con unas gafas enormes que producen dolor de cabeza, la sensación de querer abandonar Pandora es irresistible para muchos. Y no es que la película no posea méritos. La voz en off del protagonista y el expositivo montaje paralelo del principio sitúan de una forma convicente al espectador. La defensa ecológica y la parábola antimilitarista, aunque poco originales, son loables en una superproducción que dicen ha costado la friolera de 500 millones de dólares. Pero el final está cantado desde el principio, algunos diálogos (“Yo también tengo armamento, capullo” o alguno similar suenan a cinta proculturismo de los 80) son indescriptibles y, lo peor de todo, los personajes dan absolutamente igual. Un servidor duda mucho que a la gente le importe el destino del pueblo navi’ en lo que parece ser un reflejo de la población india que ha poblado westerns como la estupenda “El gran combate” de John Ford.
Lo que importa en “Avatar” es el avance técnico. El ansia de Cameron por hacer que su obra sea circular lo lleva a iniciar y finalizar la película con un primer plano de los ojos del protagonista en dos mundos completamente diferentes. De eso se trata. De saltar del mundo real al de Pandora, del realismo al otro lado del espejo de Alicia, del cine de siempre a otro megapixelado en donde el ordenador es el supremo creador de la historia. Y en ese sentido, la película cumple con creces su cometido. Pero también “El cantor de jazz”, “La feria de las vanidades” o “La túnica sagrada” introdujeron importantes novedades (el sonido, el color y el cinemascope) y hoy pocos se acuerdan de ellas o mencionan su grandeza. Y es que para contar cuentos de siempre, hay que contarlos bien, y parece que el rey del mundo se ha olvidado de hacerlo.
CALIFICACIÓN: ***