Seguramente sería bonito decir que descubrí a Errol Flynn en una de esas sesiones televisivas de sábado por la tarde en TVE, o que me quedé maravillado ante su descaro y sus bravuconas interpretaciones en ‘Robin de los bosques’ o ‘El capitán Blood’. Sin embargo, si dijera eso mentiría como un bellaco. Conocí al señor Flynn cuando leí que Marilyn Monroe le vio tocar el piano en una fiesta con su miembro viril, y cuando un amigo cinéfilo me contó los dobles espejos que colocaba en su mansión para espiar las orgías que él mismo organizaba. Conocí, por tanto, el lado más pendenciero y pasado de rosca del galán aventurero por excelencia de Hollywood, admirado ante los desenfrenos sexuales en su yate, donde llegó a colocar una filibustera bandera con un pene erecto dibujado en ella como símbolo de su absoluta libertad.

Después llegó el Flynn actor, y cuando vi la perfección técnica y el encanto de películas como ‘Dodge City’ o ‘Murieron con las botas puestas’ no pude más que desear vivir dentro de una de esas aventuras espectaculares y reconocer que muchas de ellas eran auténticas obras maestras. Aquellas cintas de sabor añejo eran preparadas en serie por la Warner y siempre contaban con el mismo equipo: el galante Errol, su eterna compañera, la dulce Olivia de Havilland, y el malhumorado pero genial director Michael Curtiz. Las leyendas acerca de la preparación de las mismas dan buena cuenta del carácter socarrón de su protagonista. Como si de leyendas persas se tratase, cuentan que Flynn dirigía toda clase de improperios a Curtiz, que metía serpientes en los vestidos de su compañera de reparto, bromeaba continuamente sobre el tamaño de su pene, y no dudaba en inyectar alcohol a las naranjas que comía entre toma y toma para desafiar la prohibición de beber alcohol en el set. Como reza el tópico, para el actor tasmano la interpretación era una aventura más. Quizá por eso, esa edad dorada del swabuckler, del cine de capa y espada, comenzó a declinar en 1941 cuando, tras estrenar ‘Murieron con las botas puestas’, la buena de Olivia prefirió la senda marcada por personajes de peso como el que había llevado a cabo en ‘Lo que el viento se llevó’ y Warner sustituyó a Curtiz por Raoul Walsh. Entre ese declive y una acusación por violación a una menor, la estrella de Flynn se fue apagando y de nada sirvieron sus intentos de producir y protagonizar una película sobre ‘Guillermo Tell’ o la ilusión de ser tomado en serio interpretando a otro emblema del escándalo, John Barrymore.

Tras su prematura muerte a los 50 años un 14 de octubre de 1959, fueron muchos los que vieron un cadáver que parecía el de una anciana momia. Otros se apresuraron a pontificar asegurando que el peor enemigo del actor era él mismo. Muchos fueron los que olvidaron que Warner se hizo de oro con sus aventuras. La propia Olivia de Havilland volvió a ver sus películas con Flynn en la intimidad y se dio cuenta de que muchas de ellas eran joyas y de que sus damiselas en peligro tenían mucho más corfaje y tridimensionalidad que otras muchas bellezas de ese tipo de cine. Quiso llamarlo por teléfono, reanudar una relación que en su día casi fue amorosa, pero se arrepintió en el último momento. El granuja de Errol la habría tomado por una vieja sentimental…Días más tarde, el actor había muerto y la actriz siempre lamentó no haber hecho esa llamada. ¿Cuál era entonces el mejor Flynn, el hombre o el actor? Personalmente, me habría encantado perderme por los bosques de Sherwood o dirigir el Séptimo de Caballería como él hizo en la ficción. Pero, qué duda cabe, prefiero al hombre que conocí gracias a las truculentas anécdotas que leí sobre su vida. Y es que, en el fondo, el bravucón del cine por antonomasia no estaba tan alejado de figuras patrias como Carmina Ordóñez. Su prematura muerte y su absoluta falta de disciplina remiten a la eterna niñez de la que beben sus películas; a la belleza de la autodestrucción. Es de justos reconocer que, hipocresías y moralinas aparte, hace falta mucho valor para autodestruirse, para vivir la vida como uno quiere, para beberse el mundo sin ese fantasma del miedo que tal vez nos convierte en seres sanos y aburridos por decreto… Reconozcámoslo, a todos nos gustaría ser Errol Flynn.