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Las dos películas que se han presentado a concurso en el 65º Festival de San Sebastián presentan dos fenómenos geofísicos que afectan a sendos protagonistas: la pororoca y el siroco.

Pororoca es un término tupí-guaraní que designa el gran estruendo que provoca la desembocadura de las aguas de los caudalosos ríos sudamericanos como el Amazonas, un fenómeno provocado por la masiva entrada del agua del Atlántico y las mareas que provoca, que da lugar a olas sucesivas de color marrón y gran altura. Y Pororoca es igualmente el título de la película rumana que el director Constantin Popescu presenta en este certamen tras competir en 2010 en la sección de Nuev@s Director@s con Principles of Life.

Tudor, un padre de familia en la cuarentena, feliz, divertido, comprometido con la educación de sus hijos y amante esposo, pierde a uno de ellos, la pequeña y preciosa María, una soleada mañana de domingo mientras está con ellos en un parque de un barrio residencial de Bucarest. El maremoto que provoca esta pérdida se acrecienta según transcurre el tiempo sin noticias de la niña, y va provocando cambios en su situación familiar y mental. Su mujer se sumerge en un estado de depresión paralizante que le conduce a mudarse con su hijo Ilia a Constanza, donde viven sus padres, dejando a Tudor solo y a la espera de que aparezca su hija. La ineficacia policial, la ausencia total de pruebas o rastros y la soledad y el sentimiento de culpa le llevan a iniciar una investigación paralela centrada en un único sospechoso con el que se obsesiona hasta perder por completo la cabeza.

La sobriedad narrativa, muy en la línea del cine rumano reciente, el silencio, los escuetos diálogos, una fotografía cada vez más sombría y llena de primeros planos que acompañan los cambios emocionales y la transformación del protagonista hacen de Pocoroca una película implacable y desoladora, que lleva a entender (aunque no a compartir) un desenlace tremendo e inevitable. Y por lo menos, no es tan frecuente que por una vez una película de niños desaparecidos se centre en la figura del padre (está el precedente de Prisoners) y en la evolución de sus emociones. Por eso es de justicia destacar el enorme trabajo que hace el conocido actor rumano Bogdan Dumitrache como único protagonista de una cinta que se apoya fundamentalmente en él.

El siroco en Baltimore

Asirocado está el protagonista de Sollers Point (el joven McCaul Lombardi), la película indie estadounidense a concurso. McCaul es Keith, un joven que acaba de salir de prisión por tráfico de drogas que vuelve a vivir con su padre a las afueras de Baltimore, en una comunidad sumergida en la pobreza, la violencia y la falta de oportunidades. O más que falta, escasez, porque las pocas que se le presentan le resbalan (un trabajo mejor, una chica diferente, una vida creativa quizá), para volver a caer el la vida anterior de peleas continuas y trapicheo con un padre (un nada reseñable Jim Belushi) con el que no se lleva nada bien y unas amistades que desde luego no son las mejores para cambiar de vida.

El cuarto largometraje del director, guionista y videoartista estadounidense Matthew Porterfield es un retrato de la juventud deprimida de los suburbios que ni tiene salida ni la quiere, una juventud arreactiva y sin iniciativa que más que vivir deambula, da tumbos y encuentra en la violencia una expresión de la frustración. Nada nuevo por tanto en una película que se deja ver pero que pasa por la retina sin pena ni gloria.