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Una de las cosas que más llaman la atención de Il pleuvait des oiseaux, de Louise Archambault, es la naturalidad con la que trata la vejez, con cariño pero sin condescendencia, algo bastante difícil de hallar en una cultura que ensalza la juventud y aparta a los ancianos sin remilgos. En esta película, los tres ancianos protagonistas hace tiempo que se han apartado por decisión propia, y como outsiders forman una minisociedad basada en el respeto y la amistad, en medio de un idílico bosque junto a un lago y con la mera compañía de un perro y un gerente de un hotel de capa caída que de vez en cuando les lleva víveres y lo que puedan necesitar a cambio de la marihuana que cultivan. Y dos repentinas presencias femeninas vienen a alterar ese equilibrio que han logrado. Una de ellas es una joven fotógrafa que busca a un superviviente de un terrible incendio que asoló la región. La otra, una anciana que lleva desde los 16 años internada en un psiquiátrico y que llega a esta minicomunidad gracias a su sobrino-nieto, el gerente del hotel, que es incapaz de devolverla a la clínica en la que ha vivido toda la vida. A través de su interacción con ellas vamos descubriendo las historias que llevaron a los tres ancianos a su aislamiento. Una alteración que les llevará también a reencontrar el amor y la pasión y la alegría de vivir. Solo la amenaza de un nuevo incendio que se aproxima podrá poner fin a este autoexilio.

Basada en una novela del mismo título, Il pleuvait des oiseaux se descubre como un bello retrato costumbrista de unos ancianos que han llegado a vivir como quieren, y un estudio de personajes que se convierte en lo más atractivo de la película. Sin duda su ritmo pausado puede llegar a desesperar pero es el que ayuda a la mejor comprensión de todos ellos. Y también es un hermoso canto a la memoria colectiva que se construye a base de recuerdos individuales, y a la importancia de recuperarla antes de que sus protagonistas desaparezcan.

En el otro extremo del panorama está Pacificado, un drama social con toques de película de gánsteres firmada por Paxton Winters y que se desarrolla en las favelas de Rio de Janeiro. En la época de los Juegos Olímpicos, Tati, una adolescente, hija de drogadicta y con pocas esperanzas de salir de la marginalidad en la que viven, las vuelca en la salida de su padre Jaco, el antiguo “rey” de la favela, de prisión. Ahora la favela está gobernada por la cruel ley de Nelson, discípulo del padre, que ha instaurado el terror y la sangre entre los vecinos. Pero el regreso del padre desencadenará unas luchas de poder que no harán más que empeorar la situación. Aunque el drama de las favelas y la violencia que medra en ellas no son nuevos ni están mejor tratados en Pacificado que en otras ocasiones, esta cobra interés cuando adquiere tintes de thriller de mafias y, sobre todo, por el increíble trabajo de los actores que la protagonizan, en especial la niña Cassia Gil y su madre, Débora Nascimento.

Para cerrar la jornada, Thalasso, dirigida por Guillaume Nicloux y protagonizada por el escritor Michel Houellebecq y el actor Guillaume Depardieu. Con una casi inexistente excusa argumental (las dos celebridades se encuentran en un spa a la vez que Houllebecq se pone en contacto con sus secuestradores en El secuestro de Michel Houllebecq, dirigida también por Nicloux), la película es una boutade que apenas se salva por las conversaciones entre ellos y su capacidad para reírse de sí mismos. Es una curiosidad y como tal se debe ver.