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La sorpresa con mayúsculas de esta irregular Sección Oficial tiene nombre de adolescente londinense. Rocks es el apodo de Shola, que esta mañana ha cautivado y agarrado el corazón de los asistentes a la proyección de prensa.

La directora británica Sarah Gavron no abandona el universo femenino de sus anteriores películas, Sufragistas y Brick Lane, pero sí adopta un tono más callejero, de drama social, para centrarse en un grupo de jóvenes compañeras de instituto público, un lugar en el que lo raro es que tu ascendencia sea exclusivamente británica; y sobre todo en la que pone el nombre al título, Rocks, una chica de 16 años de origen jamaicano-nigeriano y buena estudiante, que vive con su madre y su hermano de seis años en una vivienda de protección oficial. Con su grupo de amigas forma una piña divertida con la que canta y baila, y que solo piensa en pasarlo bien, y que se apoyan y ayudan entre todas. De hecho Rocks se llama así porque de pequeña protegió a su amiga Sumaya de unos abusones en el cole.

Un día, tras volver del colegio, se encuentra un sobre con algo de dinero y una carta de su madre en la que le dice que necesita tiempo para pensar y que ya volverá. Ante el miedo de que se presenten los servicios sociales y que la separen de su hermano, Rocks intenta solucionar el problema por su cuenta, sin contárselo a nadie. Pero cuando finalmente servicios sociales les separan ve que solo sus amigas pueden ayudarla, sobre todo a mirar hacia el futuro y a no sentirse sola.

Los aciertos de la película son muchos. Para empezar, el casting de niños encabezado por Bukky Bakray (Shola-Rocks), a la que es difícil dejar de mirar y que desprende una energía arrolladora que se hunde en momentos muy concretos que revelan su edad real. El resto de niñas se siente de verdad como un grupo de amigas que incluso bromean con la multiculturalidad y la variedad de sus ascendentes. Y el hermano Emmanuel (D’Angelou Osei Kissiedo) es el epítome de infancia, todo alegría y juego, con momentos de serenidad y momentos de quiebra; es un robaescenas natural.

Los diálogos muchas veces parecen tomados de conversaciones adolescentes reales, cuando se juntan para hablar de todo pero no hablar de nada. También es un acierto el tono del filme, que en algunos momentos (sobre todo las reuniones de las niñas o las clases en el instituto) parece documental y nunca abandona un realismo social nada truculento ni miserabilista, lleno de pasión, creatividad y energía. La vida se siente en su ritmo natural y el drama, por grave que sea, está incluido en ella. Y cuando en Rocks se palpa la esperanza es cuando más brilla.